ÁLBUM #2 : Atrapados oímos trampa, liberadas escuchamos trap.

Voy por Pedro de Valdivia pensando en nuestra cría y deidad que está lejos cuando me lleva una canción de Paloma Mami y se me vincula a un tema de Rihanna en camino a Washington Ave. Disociar las experiencias —aun si son musicales y no mentales— es un truco de la mente, y quiero irme contra eso. Pero antes de ponerme a escribir en ritmo de trap, antes tes tes test test de empezar, quiero poner en claro un eco que ralentiza mi escritura, eclipsa mi autoría tutoría tu te rías tu teoría, y varias veces una pregunta se me que qué queda —una trampa— entre los dedos: ¿puedo hablar en primera persona sona ona oh-nah en femenino, considerando que soy biológica y culturalmente un hombre?

 

 

¿Por qué no, responde la repetición, si a la mujer en español pañol añol, en castellano llano ano ah-no le imponemos hemos emos la primera persona plural en masculino más culino y-no, no hemos logrado cambiar esa tradición injusta incluso ahora, cuando hablamos tan mezclado y de mil maneras no-eras New Era? Aun así yo puedo pedo eh-do, por mi privilegio de hombre nombre ombre sobre escribir esta columna lumna hum-nah en primera persona singular porque se me otorga, en abstracto tracto pacto acto, el derecho a ser persona sona ona oh-nah, así en singular y con eco.

 

 

Y si a esta altura usted, su lectoría y tú te ría y tú teoría sigue leyendo este experimento de escribir en ritmo de trap, gracias por caer conmigo en la trampa rampa zampa; es que, parafraseando el tema reciente de Oddó, «Trampa»,

 

basta

ya está

ahora lo tomo con calma

calma

pausa

bum

no caigo en la trampa

me muevo por donde no debo

y lo paso mejor

hago todo lo que quiero

te quiero

y lo paso mejor

oh-oh

instinto animal

salvaje brutal

nadie lo puede parar

mi vida es normal

no queda tiempo para respirar

ahora

dime

cómo

es que

pasó

verdad que no sé lo que quiero

ya no

queda

corazón

habrá que intentarlo de nuevo.

 

Sí. Voy a intentarlo de nuevo, ahora sin eco. Ahora empiezo la columna por segunda vez, mientras camino por una lluviosa calle Santa Isabel con los pies fríos, extrañando a nuestra cría y deidad y la cordillera desaparece, digo: hace dos días caminaba por DeKalb con los pies hirviendo en la humedad veraniega, escuchando en esta misma canción una sensualidad completamente opuesta, pero no quiero caer en la trampa, basta, calma. Trap trap. Esta es música del presente absoluto, pulso del puro cuerpo y un modo de existir que por fin se ha sacudido del hábito metafísico, del pesado ropaje que nos lleva a poner la mente —sea lo que sea esa mente, puro lenguaje, algoritmo, cifra monetaria, capacidad analítica, distanciamiento, razón, corazón—, más allá del baile. Trap trap. T-rap. La tecnología entra en el rap y destruye su ambición, ese asunto tan de machos —tan patriarcal, en rigor— que implica el placer de dominar a otra persona, y cuando eso sucede las dominadas son siempre las mismas, somos personas despojadas. Entonces mi cuerpo se sacude al saber por qué la lengua española, tan jerárquica, decidió que persona fuera un vocablo en femenino; la tecnología del ritmo entra en el fraseo subyugador del rap y lo vuelve accesible, palabra para todas las personas, cuerpo y ya no dictamen. Trap trap. T-Rap. El rap, por su parte, entra en la tecnología y le da una voz. La corporaliza.

 

 

Está circulando una playlist que se llama Trap Mujeres Español, technologic-rap en la lengua jerárquica y trampa feminista al mismo tiempo. ¿Cuál sería exactamente la trampa que un cantante como Ismael Oddó está disfrutando y que disuelve su pasado de bajista de una banda completamente masculina como Alamedas, y su transición en la banda de Francisca Valenzuela, que reemplaza su nombre propio por sólo un apellido? El instinto animal, salvaje y brutal del rap, del reguetón, del dubstep, del primer T-Rap es violencia declarada o agresividad contenida, la insistencia del hi-hat y la nota grave que se alarga hacia un objeto al que la vibración se lleva por delante hacia el clímax, para explotarle encima e impregnarlo de su dominación. Pero la trampa del trap revierte eso: si el otro cuerpo es nada más una superficie líquida diferente a la que yo tengo, no una propiedad proyectada, tal vez haya roce y orgasmo, pero no penetración ni cópula.

 

 

Esa autonomía reluce, brilla como el sudor o la grasa en la otra piel. Se vuelve un lujo accesible para cualquiera que esté en control de sí misma y al alcance de cualquiera, porque, como adelanta el trap fluido de «Diamantes» de Princesa Alba,

 

si yo bailo

te cuesta entender

que yo sola

sola estoy bien

no necesito un hombre

que me haga feliz

soy segura de mí misma

sabes que sí

si yo bailo

me distraigo

te cuesta entender    

mucho glitter

si tu quieres soy así

no confundas

yo no me maquillo pa ti

si lo hago

es exclusivamente pa mí

no te creas

no te creas todo eso.

 

 

Y pienso que no me lo creeré. No voy a volver a escribir sobre caminar por Bilbao como si caminara por Myrtle, ni por Pratt como si fuera hacia La Alcaldesa, porque intento anotar esto al ritmo de trap que bailamos con nuestra cría y deidad. No voy a pensar que otro cuerpo es el mío o que puede ser mío, no impondré a otra persona mis juegos de palabras, mis trampas, pues no puedo estar en otro espacio que no sea este, que no es mi ahora y no está tocando ese sudor el cuerpo frío. No confundas: estoy denunciando que el habla musical tecnificada —la escritura— quiere llevarme a un lugar que no es el nuestro en una nueva metafísica, pero qué pasa si la bailamos, si la pronunciamos en ritmo y con el canto en voz alta acá, ahora me vengo, trampa: no te creas todo eso.

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