ÁLBUM 4 : POBLACIÓN CRIMSON – PARTE I

En Crónica Sonora comenzamos nuestro dossier dedicado a King Crimson en Chile . 

 

La Paz (es mi tema)

 

Puedo estar en esta fiesta a la que me han invitado en el barrio Yungay hoy sábado en la noche para paliar mi distancia de la cría y de la deidad, cuando escucho Peace (A Theme) y me doy cuenta de que puedo estar también en 1998 en La Paz, de mochilero con las amistades del colegio, discutiendo el tema, y me doy cuenta de que puedo así también ir apretujado por el subway G a las seis y media de la mañana con los audífonos bien adentro y el magín en la guitarra acústica de Fripp que fluye en manantiales, ventoleras, gaviotas, oleajes que abren el paisaje a la calma de las islas y a las noches sin estrellas hasta que de nuevo irrumpen conversaciones de elefantes, dinosaurios, camaleones, la comida del gato, las motosierras, las zonas industriales y el vrooom y el thrakathrak de sus fábricas; abro entonces los ojos para volver a alguno de estos lugares, donde uno de los compadres, que no se ha movido en toda la noche de su silla, salvo para rellenar su vaso piscolero, discute con una de las comadres:

— Porfa déjate este tema de King Crimson, me da paz.

La comadre va a la cocina, a la pieza, al baño, sale a la escalera y vuelve a sentarse a su lado, cuando le responde:

—Es que esta es música de hombres, viejo. A mí me da todo, menos paz.

 


 

Le hablo al viento

 

Así que elijo volver al balcón. Abro el ventanal y conmigo entra una corriente fría, seca, un golpe de aire al unísono de la flauta y el melotrón de I Talk To The Wind.

—No quedaban entradas para el primer concierto de Crimson de fin de año —le dice un amigo al otro mientras fuman—-Ni para el segundo llegué, y eso que había aumentado el cupo de la tarjeta e incluso estaba pensando no pagar el cable este mes si las cuotas no me daban. Total, lo pagaba el mes siguiente con la otra línea de crédito.

Mientras otro compañero me pregunta si voy a ir a verlos, pienso en un lugar equidistante a esta fiesta en Yungay, al viaje iniciático por Bolivia, a mis madrugadas yendo de Brooklyn a New Rochelle dos horas rumbo a una oficina: una isla —un lugar aparte, un tiempo separado en que los hombres, los varones, los chiquillos no atendían más que a sus guitarras acústicas, sus percusiones, sus armonías y sus órganos, según la composición progresivamente alienada de sus jornadas de trabajo, sus veranos de experimentos sensoriales y sus fiestas de caballeros, mientras al llegar a la casa la cría les lanzaba una mirada hierática y la deidad se les hundía más adentro con el humo—, un archipiélago, más bien, que desaparece con el solo de flauta pastoril que llega por el ventanal del balcón que se vuelve a abrir cuando el pololo del cumpleañero viene a pedir que nos movamos un poquito, por favor, que nadie acá va a venir a traerles platos y cubiertos a los perlas que se quedaron fumando. Porque ya se hace tarde, tenemos que cantar el Cumpleaños feliz,

 

         Said the straight man to the late man

         Where have you been

         Ive been here and Ive been there

         And Ive been in between.

 

 

 

Esa isla, pienso antes de elegir, debe ser la isla de Inglaterra que inventó la industrialización, la colonialidad y el rock progresivo. También la isla de la Mary Shelley, ahí donde ella escribió tanto su Frankenstein como su novela de ciencia ficción The Last Man, en la cual el planeta fue devastado por una plaga —igual que en Oryx and Crake de la Margaret Atwood, igual que en The Left hand of Darkness, de la Ursula K. Le Guin, igual —conjeturo— que en El poema de Chile de la Gabriela Mistral todo el territorio ha sido limpiado de hombres.

¿Cuál es la plaga? El machismo.

¿Cuál es la isla, los paisajes infinitamente bellos, intrincados y solitarios de los océanos alrededor suyo? Dos hombres solos, Selkirk y Viernes, diría Daniel Defoe, el que escribió A Journal of the Plague Year y quien, según Coetzee en su Foe, eliminó en su voz a la narradora que hizo posible su Robinson Crusoe. ¿Y por qué entre las filas de un grupo como King Crimson, por el cual han pasado decenas de músicos, nunca ha habido una mujer?

 

 

 

Cadencia (y una catarata)

Puedo estar en la fiesta de Yungay como en La Paz, cruzando los túneles de la isla de Manhattan o escribiendo un cuento durante 2009 que se titula Danza y cadencia de la decadencia, y me acuerdo de que al principio intento agarrar como sea la sensación de escuchar el solo de flauta y los timbales y el piano que baja y baja y sube y sube entre los arpeggios acústicos de Cadence and Cascade, acostados ahí en una pieza de hotel céntrico de Lima con la Mónica a las seis de la tarde; ella me mira con incredulidad, se ríe cariñosamente de mi pregunta machista:

—¿Por qué eres la única que he conocido que sabe de estas canciones?

Luego nos dormimos y comenzamos a caer en un sueño posterior al sexo, junto al agua que baja y baja y baja por una fuente junto al muro de nuestra pieza de hotel, disimulando apenas el grito constante de un loro. ¿Soy yo ese loro? ¿Eres tú? ¿Son Frankenstein y El periquillo sarniento otras versiones de la narrativa de la peste? El intento de agarrar esa sensación de falsa y profunda tranquilidad de isla se me convierte en una respuesta que anoto en tal cuento mío, a la vuelta del viaje a Lima:

 

«El cansancio no me deja hablar. Sólo nos tomamos de las manos, salimos de la casa esa donde se celebraba el cumpleaños y vinimos caminando hasta acá, adultos, marido y mujer en calma, yo me levanté al computador a escribir lo que sentía, siento y sentiré aunque “prefiero callarme, particularmente con las personas que me merecen respeto. No confío en ninguna certidumbre. Las certidumbres sólo se alcanzan con los pies” (Porchia)».

 

 

Dama del agua que baila

 

Puedo estar en esta fiesta a la que me han invitado en el barrio Yungay este sábado en la noche para paliar mi distancia de la cría y de la deidad, puedo estar en Lima hace una década, puedo no estar en ninguno de los dos lugares y, sin embargo, en medio del coro que entona el Cumpleaños feliz me doy cuenta de cómo otras voces aquí, conmigo, no saben cómo se llama el celebrado. Yo no lo sé, pero no le diré Juan, Giovanni o Carlos sólo para seguir fluidamente este texto.

Llamaré a esta interrupción la Teoría del Último hombre.

Es que parte de la plaga consiste en ponerle otro nombre a quien ya lo tiene y extinguirla con ese acto permanente, como lo hicieran los conquistadores ingleses y españoles y portugueses y franceses y holandeses con casi todos los endonímicos de las comunidades y lugares de lo que ahora llamamos América, como lo hicieran los del rock gringo e inglés con la música de esas personas que trajeron encadenadas desde África, con sus ritmos enchufados a la electricidad y sus estructuras pasadas por las vastos paisajes del romanticismo y del clasicismo; como lo hiciera ese vocalista de King Crimson en Lady of the Dancing Water, que empieza a sonar durante la fiesta en Yungay después del Cumpleaños feliz, cuando en su verso se fija en una mujer y, en vez de grabarle el nombre propio, declara:

 

        Touching your face

         my fingers strayed

         knowing.

         I called you lady of the dancing water.

 

 

Prefiero sumarme a la entonación del Cumpleaños feliz para interrumpir cualquier posibilidad de vínculo que pueda tener con aquel conquistador que bautiza todo de nuevo sólo porque lo toca él. Ese es el hombre final. Celebremos a quienes venimos después. No lo toquemos. Con su extinción termina la peste. Su música evocadora, esas canciones que le traían paz y al resto todo, menos paz, ¿cómo la resignificaremos sin tener que ponerle algo peor encima?

Lo primero en esta fiesta será que King Crimson ya no sea un rey en su isla.

Será una colectividad sin líderes. Una población. Una pobla.

Y continuará.

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