Mes: octubre 2020

REVISTA ESTAS MÁQUINAS MATAN FASCISTAS N° 5

REVISTA ESTAS MÁQUINAS MATAN FASCISTAS N° 5

A dos días del Plebiscito en el que los ciudadanos de Chile saldrán a votar la aprobación de una nueva constitución, publicamos el quinto número de nuestra revista «Estas máquinas matan fascistas. La música nuestra arma», imaginando una nueva constitución con un compendio de textos que reflexionan desde la música en torno a los temas que nos resultan urgentes para la conformación de un nuevo Estado. Todo esto acompañado de completas entrevistas al músico y activista Camilo Antileo, a la cantautora urbana Araceli Cantora, desde Temuco Derrumbando Defensas, y una conversación en retrospectiva a los 17 años de historia de Tsunamis. 

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REVISTA CRÓNICA SONORA ESTAS MÁQUINAS MÁQUINAS MATAN FASCISTAS N° 5- OCTUBRE 2020

 

 

SANGRE ROJA, FURIOSA Y ADOLESCENTE: LA REVUELTA Y SU MÚSICA.

SANGRE ROJA, FURIOSA Y ADOLESCENTE: LA REVUELTA Y SU MÚSICA.

Por Rossana Montalbán

Ilustración portada: Valeria Araya

 

SANGRE LATINA ROJA, FURIOSA Y ADOLESCENTE 

«Sangre latina roja, furiosa y adolescente». Así comenzó todo un 18 de octubre de 2019. Un año atrás, estudiantas y estudiantes secundarios con el movimiento de evasión masiva dieron inicio a la histórica revuelta social por la dignidad. Una revuelta que ha sido musicalizada por emblemáticas composiciones de la música popular chilena y por comprometidas manifestaciones que se tomaron las calles poniendo la música al servicio de la movilización. 

Dicen que los pueblos que cantan, son los pueblos que sufren. Así lo hizo el pueblo afroamericano en su llegada a los campos de algodón del sur de Estados Unidos, y así nació el blues. Y así lo hizo un año atrás este pueblo que volvió a cantar “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara, y “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros/Jorge González, como bien ocurrió aquella tarde del viernes 25 de octubre, una hora antes de la primera convocatoria a la marcha más grande de Chile, en el frontis de la Biblioteca Nacional junto al colectivo MIL GUITARRAS PARA VÍCTOR JARA. Ambos himnos imperennes compuestos en tiempos y realidades distintas, enmarcados en contextos musicales y culturales distantes, una canción con más anhelos que la otra. La primera enmarcada en el movimiento pacifista anti vietnam y la segunda surgida como un amargo diagnóstico de los días de la Dictadura Militar, la instalación del neoliberalismo y un aterrador crecimiento capitalista que enterró a las capas trabajadoras del país. Dos composiciones cuyas enormes dimensiones sociales se suscriben en eso que Víctor Jara una vez definió: “Fundamentalmente la canción protesta no es un hecho comercial, sino una especie de revelación artística que debe tocar al pueblo y quedarse en él”.

Desde aquel 18 de octubre la música chilena recuperó nuevamente un sentido social y político, y al mismo tiempo puso nuevamente en primer lugar la gran tradición de compositoras y compositores comprometidos y de mirada crítica surgidos a partir de la canción protesta y la nueva canción chilena. Una tradición que continúa hasta nuestros días, y que en las décadas siguientes encontraría nuevas vías de expresión a través de géneros musicales como el punk, el rap, y el pop de Los Prisioneros, de la mano de su fundador y compositor Jorge González, quien fue capaz de reformular el pop y la canción protesta a lo largo de todo su cancionero con la banda y como solista. Así ocurrió en 1986 en el “El baile de los que sobran”, cuando retrató en clave pop el drama social de generaciones enteras víctimas de la privatización de la educación superior, drama aún persistente y casi sin alteraciones treinta y cuatro años después, en el que la canción compuesta por González continúa operando como un eco indestructible acerca de las desigualdades en Chile, musicalizando desde el día uno las movilizaciones como el himno de la juventud estafada y derrotada que no tuvo más opción que patear piedras mientras los perros ladran, como se escucha en la canción, 

“Nos dijeron cuando chicos / Jueguen a estudiar / Los hombres son hermanos y juntos deben trabajar / Oías los consejos / Los ojos en el profesor / Había tanto sol / Sobre las cabezas / Y no fue tan verdad, porque esos juegos al final / Terminaron para otros con laureles y futuro / Y dejaron a mis amigos pateando piedras”,

«Sangre latina, roja, furiosa y adolescente», una de las memorables líneas de “La voz de los 80s” el primer gran hit radial de Los Prisioneros, una especie de himno adolescente que captura una las constantes históricas en los movimientos sociales en busca de la revolución: la juventud, los estudiantes. La línea compuesta por González, nuevamente musicaliza la acción llevada a cabo aquella tarde del 18 de octubre de 2019, en la que nietas y nietos de los abuelos que la dictadura no pudo matar, los jubilados que hoy no mueren de hambre sino que se suicidan – como revelaron mese antes las estadísticas entregadas por el INE informante que la tasa de suicidios en adultos mayores alcanza los 17,7 – daban inicio a la revuelta en esa especie de purgatorio que es el transporte público, y lo hicieron no solo como nietos sino también como hijas, hijos e hijes de agobiadas madres y padres endeudados para vivir y entregarles educación. 

Desde entonces la música ha operado no solo como la gran banda sonora que ha musicalizado las demandas y los acontecimientos del estallido social. Sino que ha sido conductora, registradora y movilizadora. Conductora en tanto ha logrado canalizar el sentir de toda una sociedad estrujada por un modo de vida indigno y carente de derechos básicos y fundamentales, a través de esta cancionero histórico cuyo eco parece interminable. Y como registradora con toda una nueva colección de composiciones surgidas a partir del 18/10, desde el electropop, la música urbana, el rock, el folclor, la trova y mucho más donde es posible encontrarnos a músicas y músicos como Araceli Cantora y Revuelta en el Valle, a Kuervos del Sur con “La caravana”, a Anita Tijoux con “Cacerolazo”, a Alex Anwandter con “Paco vampiro”,  Camilo Antileo con «Inchiñ ta mapu», Alectrofobia con «Alto al fuego»,  Una Típica Francisca con “Préndelo” o Siempre Barle con “Revuelta”. Y movilizadora como manifestación al servicio de la protesta callejera en la que se han dando lugar una serie de proyectos musicales espontáneos destinados a fortalecer la expresión callejera a través de la música. Ahí están la ya insigne Banda Dignidad, La Comparsa del Pueblo, Colectivo No y la Barricada Sonora, Rizoma Alzada, la banda Arauco Rock y tocatas improvisadas en los monumentos de la Dignidad.

La revuelta del 18 de octubre de 2019 nos ha entregado un puñado de acciones sonoras, composiciones, ruido, melodía y lìrica que extienden ese cancionero popular chileno que las voces de todes los ciudadanos y no ciudadanos de este pueblo han entonado sin descanso durante un año. La sangre roja, furiosa y adolescente de las estudiantas y estudiantes secundarios dio inicio a la expansión de un ruido que persiste permitiendo que el eco de las voces alzadas que hoy se escuchan en nuestras calles. Guitarra y voz, ruido y grito, verso y melodía, armas que cientos de músicos, cantautores, raperos, y bandas de diversas corrientes han utilizado a lo largo de la historia de la música popular, generando un cancionero latente y permanente que, al igual que las injusticias y el descontento que se cantan, jamás desaparecieron, un cancionero que se redefinió a sí mismo una y otra vez, como manifestación de su tiempo histórico, social y político para seguir siendo la música de la dignidad.

RUTA MUSICAL: CONMEMORACIÓN DE LA REVUELTA.

RUTA MUSICAL: CONMEMORACIÓN DE LA REVUELTA.

A un año de la histórica revuelta que rearticuló el movimiento social en Chile, seguimos la ruta de las actividades musicales en conmoración de esta importante fecha:

MÚSICA EN CONMEMORACIÓN DE ESTALLIDO

Performance Sonora

Colectiva Chusca, integrado por destacados músicos como Sebastián Jatz y Goli Gaete, conmemora este 18 de octubre a los muertos de la revuelta una en performance que combina el sonido, la voz y el nombre de cada una de las victimas. Desde las 12 hrs en los alrededores de Torres de Tajamar.

Desde la 15: 30 la ya imprescindible Banda Dignidad, comenzará su habitual intervención musical en el epicentro de la Plaza Dignidad, bombos, tambores y vientos, interpretando un emblemático repertorio de revolución y protesta como Bella Ciao, Arauco tiene una pena y más.

El Pueblo Canta a Patricio Manns

Este domingo 18 de octubre a partir de las 16 hrs, la convocatoria es a reunirse en el frontis de la Biblioteca Nacional para interpretar el repertorio de Patricio Mans, en homenaje a su obra y a la conmemoración del estallido social. Actualmente Manns atraviesa un delicado estado de salud, generando preocupación en todo el circuito artístico.

Tocata a 1 año del estallido

A partir de las 17 hrs se estarán presentando en Plaza de la Dignidad, las bandas Escariote, Tan Lejano, Miguelitos, Solidarios, Vandalik, Rutina Sucia. Una actividad organizada por la Coordinadora Camilo Catrillanca.

JACQUI CASAIS: LOOPS OTOÑALES.

JACQUI CASAIS: LOOPS OTOÑALES.

Música, escritora y activista feminista. Vocalista y compositora en la banda de indie rock argentina Querida Daria, y editora del blog Ni groupies, ni musas. Jacqui Casais es una artista inquieta, una artesana de la palabra escrita, recitada y cantada. La cuarentena detuvo solo una parte de su permanente trabajo creativo y dio pie para terminar aquello pendiente entre su vida de docente y su vida artística. Sin tocatas en vivo la energía se ha volcado a la producción musical, los arreglos y a su primera novela gráfica «Martirio Hammer», editada recientemente. También se ha mantenido en línea, conectada y conectando desde su música y su poesía con transmisiones en vivo por Instagram en las que ha conversado con sus interlocutoras músicas y gestoras culturales. En medio de todo esto, ve la luz «Prospecto adjunto», su primer Ep como solista, un trabajo que si bien no fue compuesto en pandemia, guarda estrechos vínculos con el complejo contexto del encierro tanto en sus letras como en su sonido de loops otoñales, voz lánguida y sutiles aires retro. Un conjunto de canciones en el que Casais expone ese íntimo recoveco poco soleado y que al escucharse se presenta como una bocanada de electropop con el sello propio de una mente y un alma que habitan el mundo de los sonidos y los versos.

¿Cómo surge este trabajo? ¿A partir de qué necesidades artísticas y personales te planteas una faceta de cantante solista?

Hace unos años vengo trabajando en Ableton Live y experimentando vocalmente, y aprendiendo síntesis así que me enfoqué en eso y en la autonomía y posibilidades que me da poder crear en ese programa. Yo soy muy fan de bandas como Entre Ríos, Adicta, Isla de los estados, y en lo más cancionero pop Leo Garcia, Rosal, y la gran Rosario Bléfari entre otres a las que les vengo siguiendo hace años y me inspiran mucho. 

Me faltaba animarme a producir música yo misma en este formato. Hace mucho que tenía ganas y durante el verano comencé a producir los temas. En el pop independiente hay muy buenxs musicxs  por ejemplo Amor elefante que cada disco suena mejor, también me gusta Salvapantallas y más para el electropop Ignacia y Audia Valdez. Muches son músicas y también productoras musicales. También me gusta mucho Javiera Mena de Chile. Hay muchos proyectos pop independientes y electropop interesantes en América latina nuevos y no tan nuevos. Así que me estuve metiendo más en la producción musical en los últimos años y quería armar algo con un sonido que me identificara, un sonido que venía buscando.

¿Por qué decides llamarlo Prospecto Adjunto?

A nivel conceptual la idea original que le da nombre al título (esto surge pre pandemia) tiene que ver con mí experiencia con los ansiolíticos, que por motivos de exigencia/ explotación/ maltrato en el ámbito laboral tuve que hacer un tratamiento, por eso «Prospecto adjunto».

Es un trabajo que venías amasando mucho antes de la pandemia pero la idea de Prospecto Adjunto se conecta muy bien con el contexto de la cuarentena y esta realidad paralela…

Sí, cuando vino la pandemia, en los primeros meses de aislamiento el suicidio de un adolescente en mí familia me angustió mucho. Repasé la experiencia con los ansiolíticos. Y pensé en mi adolescencia y pre adolescencia, fueron años difíciles pero me ayudaba estar en la calle, ir a las marchas, andar en bici, ir a recitales, plazas, etc. y pensé en esto del arte y habitar en espacio público. Por eso pensé en Basquiat que me encanta (y el arte callejero). Pienso en la necesidad de les adolescentes y jóvenes de habitar el espacio público, embellecerlo, pintar, grafitear, andar en skate, rapear en la plaza vs este encierro necesario y que les adultes entendemos pero les niñes y adolescentes por más que se diga que nacieron con el celu en la mano muches no tienen celu ni internet ni acceso a la educación virtual. Les duele no ver a sus amigues, no ser abrazades por sus afectos. Pasaron meses sin contención, sin políticas públicas que les escuchen. 

Este relato de la pandemia refuerza la idea del título. Acaso el pop de autora que abordas en este disco ¿resulta de manera instintiva e intuitiva una receta antidepresiva?

SÍ, traté de contar cómo me sentía. Mis estados de ánimo que son consecuencias de la alienación del trabajo y de algunas medicaciones. A mí las canciones siempre me ayudaron a transitar y entender lo que me pasa.

La pulsión del electropop en este disco ¿fue para ti algo al servicio de esa experiencia que querías transmitir?

Acá en Argentina hay mucha historia de electropop o pop electrónico. Hubo y hay muchos proyectos interesantes y distintos. es un estilo que siempre me gustó y quise hacer. Cada vez hay más musicxs que producen su propia música y me resultan muy interesantes los proyectos del sello transfeminista Gema discos de la cuidad de La plata. Me gusta que la música electrónica esté aplicada a la canción, por ahora es la herramienta que uso.

Creo un poco que por el contexto cada vez va a haber más gente haciendo música así. Está complicada la escena y pienso que va ser una especia de poscromañón lo que va a pasar.

¿Qué es lo que más te gusta de tocar en una banda como frontwoman?

Tocar en una banda es hermoso porque en mí caso toco con amigues y eso no tiene precio. Aunque cueste tanto organizarse entre 5 personas(ni hablar de la crisis de los pocos lugares under para tocar que hubo prepandemia y que de ahora en adelante va a ser mucho más difícil) nos une más la amistad entonces eso es algo muy lindo.

¿Qué es lo que más te gusta de la experiencia solista?

De la experiencia solista creo que es similar porque si bien la creación es más intima, trabajé con gente que me acompañó y aprendí muchísimos y fue un honor contar con Natalia Perlerman que es una de las productoras más importantes y una agitadora musical transfeminista, es parte fundadora de Red multisonora (RSM)y moría por trabajar con ella, estuvo en la mezcla y máster. Valen Bonetto también parte de la red estuvo en la edición de las voces y Gastón Delicio en los arreglos junto conmigo. Así que un placer trabajar con todes elles. Es un trabajo solista pero al mismo tiempo grupal porque les amigues musiques que me dieron devolución durante el proceso también aportaron mucho.

Y luego la portada que hicimos junto a Marcelo Enriquez con quien trabaje en las ilustraciones de Martirio Hammer mí nuevo libro. El trabajo solista es parecido al trabajo de edición de un libro. Lo escribís, luego se lo pasas a amigues para pedirles opinión, luego pasa a corrección, edición, maqueta, y va tomando forma. Te juntas a pensar en la portada junto a otro artista que sabes que entiende la estética que buscas. Todo eso es un laburo de mucha gente. Al igual que un disco solista.

¿Cómo seguirá el 2020 para Jacqui Casais?

Por ahora presentando este EP «Prospecto adjunto» y ensayando para armar algún streaming. Y promocionando mí nuevo libro Martirio Hammer que es la primera vez que saco un libro con ilustraciones. Es mí primer libro dónde solo trabajo narrativa así que es algo nuevo para mí. Y Querida Daria en una pausa porque la pandemia nos complicó la rutina de la banda, y las personales también. No podemos ensayar y nos encontramos con problemáticas como las de la mayoría de las bandas. Nuestra manera de trabajar fue muy afectada con la pandemia y lamentablemente no pudimos adaptar el formato a lo virtual…es muy difícil proyectar a futuro la escena independiente ya que no hay políticas culturales que ayuden a qué la música este activa más allá de los grandes festivales y los artistas convocantes.

Los centros culturales dónde tocábamos están tratando de sobrevivir vendiendo comida y algunos haciendo streaming. Creo que es un momento muy duro para el arte en vivo y particularmente las bandas.

Shadia Mansour:  ¡no toques mi keffiyeh, carajo!

Shadia Mansour: ¡no toques mi keffiyeh, carajo!

Estaba en la media cuando me compré mi primera palestina. No sabía mucho de su origen ni de su historia, pero me gustaba ese aire de rebeldía que despedía cuando veía como se llevaba en las marchas de forma casi militante. La asociaba con resistencia, así que me compré una con los clásicos colores blanco y negro. Me la amarré al cuello y salí a protestar. 

Entonces no conocía del pueblo palestino más que su ubicación en el mapa, como algo recóndito y ajeno. El keffiyeh era un símbolo que incluso luego de haber sido arrancado de su contexto, retenía el aire indómito y de protesta de un pueblo en resistencia. Mi primera impresión no estaba lejos de la realidad, pero me faltaba mucho por conocer aún. 

Shadia Mansaour sabe de esto. Y no contenta con saberlo, lo canta. 

Su música llegó a los oídos de nuestro país gracias a la colaboración con Anita Tijoux en Somos Sur, canción lanzada el 2014. Sin embargo, con 35 años Shadia viene remeciendo la escena del hip-hop desde el 2003, teniendo público no solo en Medio Oriente, sino que también en Europa. 

Nacida en Inglaterra, sus padres son originarios de Haifa y Nazaerth, ascendencia que sale a flote en distintos elementos de su música y vestuario; un ejemplo de ello es el keffiyeh que lleva en conciertos, prenda a la que le dedicó un tema titulado “El Keffiyeh es árabe.” Esta canción surgió como respuesta a la apropiación cultural de la que fue testigo, cuando encontró en el comercio estadounidense un keffiyeh con los colores de la bandera de Israel, estrella de David incluida. A esto, la cantante comentó: Pueden llevarse mi falafel y mi hummus… ¡Pero no toquen mi keffiyen, carajo! 

Este es un ejemplo de las temáticas políticas que pueblan su música, fuertemente ligadas a la identidad palestina como un ejercicio de resistencia colectivo, pero no por esto exenta de cuestionamientos ya que, a pesar del orgullo de sus raíces, también mantiene una postura crítica frente a la desigualdad de género, negándose a presentarse en conciertos que separen el público por sexo. 

Elementos como el idioma, la sonoridad y las letras brindan a su trabajo musical de una particularidad discursiva fuertemente relacionada a la identidad palestina. Es, después de todo, una decisión política el cantar exclusivamente en árabe a pesar de dominar el inglés, idioma que permitiría a su música un alcance más comercial. Sin embargo, Shadia prefiere la riqueza del idioma de sus padres. 

Los elementos sonoros de su música también están repletos de sonidos y frases musicales que hacen referencia a la música tradicional árabe, haciendo de inmediato identificable su procedencia incluso antes de escuchar su voz. Esta musicalidad árabe se mezcla con los recursos característicos del hip-hop, dando así un sonido característico con una genealogía potentemente marcada. 

Como sucede comúnmente tanto como con la música de protesta, como con el hip-hop, las letras de Shadia son de carácter expositivo, con un mensaje claro que no busca esconderse tras un lenguaje innecesariamente embellecido, aludiendo a problemáticas actuales que aquejan a su pueblo. La canción anteriormente mencionada, “El Keffiyeh es árabe”, es un ejemplo claro de ello:

(…)

La ropa que usamos, ellos la quieren; nuestra cultura, ellos la quieren;

Nuestra dignidad, ellos la quieren; todo lo que es nuestro, lo quieren.

La mitad de tu país, la mitad de tu hogar; ¿por qué no? No, yo les diré.

Robar algo que no es de ellos, no puedo permitirlo.

Nos imitan con lo que vestimos; esta tierra no es suficiente para ellos. ¿Qué más quieres?

Sienten codicia por Jerusalem. Aprendan a decir “seres humanos”.

Antes de que todos usaran un kuffiye, estamos aquí para recordarles quienes somos.

Y les guste o no, este es nuestro estilo.

Por eso rockeamos el kuffiyeh, porque es patriótico.

El kuffiyeh, el kuffiyeh es árabe.

Por eso rockeamos el kuffiyeh, la esencia de nuestra identidad.

El kuffiyeh, el kuffiyeh es árabe.

Shadia abre esta canción exponiendo la problemática de la apropiación del kuffiyeh, señalándolo como una parte de algo mayor, una analogía al conflicto palestino y lo que este ha significado a nivel cultural e identitario. La asimilación de la estética palestina como una moda, despojada de su identidad, como un ejemplo de comercialización de la cultura es tan solo el principio. Aparte de esta descontextualización, existe una reapropiación por parte de quienes son los opresores del pueblo palestino, mostrando la tensión política existente en la disputa de esta prenda. 

En esta estrofa, Shada denuncia el hurto ¿No les basta con las tierras? ¿Qué más van a llevarse? Sin embargo, la identidad no es algo que esté dispuesta a transar. 

No hay nadie aún como el pueblo árabe

Muéstrame otra nación en el mundo que tenga más influencia

La pintura está clara; somos la cuna de la civilización.

Nuestra historia y patrimonio son testigo de nuestra existencia. 

Por eso rockeo el atuendo Palestino.

Desde Haifa, Jenin, Jabal al Nar hasta Ramallah.

Déjame ver el kuffiyeh, el blanco y el rojo.

Déjame arrójalo al cielo.

Soy árabe, mi lengua crea terremotos. 

Hago temblar los mundos de guerra.

Escuchen, soy Shadia Mansour y el atuendo que visto es mi identidad.

Desde el día en que nací, despertar la conciencia de las personas ha sido mi responsabilidad. 

Pero fue críada entre el miedo y la madad, entre dos áreas,

Entre el rencor y la pobreza, veo la vida desde ambos lados.

Dios bendiga el kuffiyeh, como sea que me rockees, donde sea que me veas,

Me mantengo leal a mis orígenes: Palestina. 

Ahora, se coloca al pueblo árabe en el centro, resaltando la importancia de su cultura a nivel mundial y la relevancia de su historia y patrimonio. De esta forma la identidad cultural arábica es señalada como algo imposible de borrar, cuya huella está tatuada en el mundo entero. El orgullo que nace de ello, le hace reafirmar más su posición y disputar el vestuario como parte de dicho patrimonio identitario.

Para finalizar la canción, Shadia se coloca como protagonista, rescatando su propia experiencia como un relato que habla por una generación que ha crecido viéndose envuelta en conflictos políticos de tal envergadura. Son estas vivencias las que le de una visión holística, pero pese a la cual mantiene su postura, reafirmando su identidad palestina. Finaliza el tema con una frase que engloba todo aquello, como una declaración de principios.

En una sociedad en donde el rol de la mujer está aún en debate, Shadia Mansour se abre paso con una voz potente, cuestionando los elementos más tradicionales de su cultura. Su aparición en escena genera de por sí controversia, pero también reposiciona la identidad palestina en los escenarios, con orgullo y una postura política de resistencia. Son estos elementos los que enriquecen su música, convirtiéndola en una infaltable para los amantes del hip-hop. 

RAYÉN QUITRAL: UN CANTO OLVIDADO

RAYÉN QUITRAL: UN CANTO OLVIDADO

«Hay en Rayén Quitral una gran cantante lírica en potencia, pues difícil es imaginar voz más fresca, de timbre más grato, de más fácil emisión y extensión igual todo lo que concurre a señalar en la joven artista de veinte años un cúmulo de cualidades naturales, de las que puede esperarse el máximo para el futuro.»

La Prensa, Buenos Aires, 14 de septiembre de 1937.

La historia de María Georgina Quitral parece no haber sido muy distinta a la de toda artista prodigiosa que emprendió el viaje hacia la consagración de su propio arte esquivando barreras sociales, raciales y musicales, cuyo paso por el extranjero junto a su excelencia musical no le garantizaron una página en la historia de las grandes artistas del país.  Un viaje que careció de laureles por parte de un entorno quizás poco generoso que no se quiso convencer de su talento, transmitiendo con ello, viejos y conocidos prejuicios. Esa es la historia de María Georgina Quitral Espinoza conocida como Rayén Quitral, la primera soprano de origen mapuche de la historia musical chilena, una historia poco visitada y escrita en retazos a pesar de su significativa trayectoria internacional y de una serie de hitos que silenciosamente instalaron un precedente.

Niña de voz prodigiosa, nacida en 1916 en Iloca, VII región, la pequeña Georgina comenzó a deslumbrar con su incipiente canto en aquellos entornos más inmediatos como las reuniones familiares, el colegio y la Iglesia. Fue en esos contextos amistosos en los que la joven Georgina fue apodada como la “Alondra Mágica” llamando la atención de un acomodado dentista quien se convirtió en el primer impulsor del perfeccionamiento musical de la joven. Así fue como Georgina y su madre emprendieron su viaje de Curicó a Santiago para iniciar su formación, primero con clases particulares, y luego, a partir de 1935, en el Conservatorio Nacional de Música donde dio forma y disciplina a su extraordinaria voz. Finalmente, tras dos años de intenso aprendizaje, María Georgina debutó formalmente como Rayén Quitral en el Teatro Central de Santiago en un concurrido acto junto al resto de sus compañeras y compañeros de generación. Con ese gesto, la joven soprano puso la herencia mapuche entregada por su padre como elemento distintivo de su canto y personalidad, primero con su nombre Rayén, “flor” en mapudungún, y luego con el uso de vestimentas y platería tradicionales del pueblo originario, todo esto en un periodo histórico en el que comenzó a producirse la gran emigración mapuche del campo a la ciudad en una sociedad sin la idea de plurinacionalidad y con la ausencia total de valoración hacia la cosmovisión del pueblo Mapuche. El gesto fue cuestionado en el ambiente musical chileno y por la prensa especializada calificándolo como mera estrategia publicitaria, según cuentan sus cercanos. Mientras que en un par de reseñas biográficas se señala al musicólogo Carlos Isamitt como el mentor de esa decisión.

Sin embargo, desde aquel debut la trayectoria musical de Rayén Quitral recogió grandes frutos y relevantes hitos como su presentación en la inauguración del Estadio Nacional en 1938, y actuaciones en los principales escenarios para ópera del país, principalmente el teatro Municipal en cuyo libro de conmemoración para sus 150 años de historia se le destaca como una de las grandes voces que se presentaron en el emblemático recinto. Ya reconocida como una soprano sobresaliente, Quitral fue invitada a presentarse en el Teatro Colón de Buenos Aires como la Reina de la noche en la célebre ópera La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeus Mozart.  Fue en esa ciudad donde la cantante desarrolló, quizás, el capítulo más importante de toda su trayectoria con frecuentes recitales como integrante de radio Belgrano, con la grabación de dos discos 78 RPM, y la buena recepción de la prensa que escribía textos como este: “Hay en Rayén Quitral una gran cantante lírica en potencia, pues difícil es imaginar voz más fresca, de timbre más grato, de más fácil emisión y extensión igual todo lo que concurre a señalar en la joven artista de veinte años un cúmulo de cualidades naturales, de las que puede esperarse el máximo para el futuro.”. Buenos Aires fue también el lugar donde inició su colaboración con el director de orquesta alemán Erich Kleiber, instalado en Argentina tras escapar de la Segunda Guerra Mundial y de los nazis.

Lejos de Chile, el periplo internacional de la Alondra Mágica continuó por largos años con presentaciones en el resto de Latinoamérica, Norteamérica y Europa. Entre los escenarios que la vieron cantar se encuentran el Carnegie Hall de Nueva York, ciudad en la que fue acogida por Claudio Arrau como su maestro por un breve periodo. Entre 1950 y 1951 una gira por Europa la llevó a presentarse en el Covent Garden de Londres y en la Alla Pergola de Florencia, entre otros reputados escenarios. En 1954 en un breve regreso al país, recibió la distinción del ‘Caupolicán’, como la mejor cantante lírica de Chile, premio otorgado en aquel entonces por la Asociación de Cronistas de Cine, Teatro y Radio. De vuelta en Europa, la cantante se instaló en Hamburgo luego de ser becada por el Gobierno Alemán, y donde fue reconocida como la mejor intérprete de Wagner y Lieder.

Su regreso definitivo a Chile no sería sino hasta 1960, periodo del cual se relatan una serie de peripecias, inestabilidad económica y desencuentros con el círculo artístico y la prensa hasta su retiro de los escenarios 1967. Un desencuentro que parece continuar hasta el día de hoy cuando se le describe como “la primera artista que utilizó la etiqueta de cantante araucana”. O incluso cuando en 2016 se cumplieron 100 años de su nacimiento, un centenario sin bombos ni platillos.