Día: 26 de marzo de 2021

MÚSICA PARA EL ENCIERRRO PARTE 1

MÚSICA PARA EL ENCIERRRO PARTE 1

La región metropolitana entra en su segunda gran cuarentena total un año después del inicio de la pandemia que trasformó nuestra forma de vivir y comunicarnos.

Seleccionamos más de 20 canciones que abordan los tópicos de la soledad, el aislamiento, la asfixia, la rutina, el loop eterno, la ciudad desolada, la lejanía, entre otros. Grandes canciones, acordes infalibles, melodías y ritmos frenéticos, otros contagiosos, otros melancólicos y también liberadores. Diferentes aproximaciones e interpretaciones de la vida en el encierro y la soledad.

 

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CUTU: DESCANSA EN JAZZ

CUTU: DESCANSA EN JAZZ

IN MEMORIAM DE UN JAZZISTA ETERNO

CRISTIÁN CUTURRUFO CONTADOR

(1972-2021)

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Cuando ya sus cenizas regresan al norte, al paisaje donde las piedras cantarán con él y el viento lo abrazará, el mundo de la música chilena está aún de duelo. Nadie puede obviar el eco de su partida y son ya muchos los que, honestamente afectados, lo lloran como a un hermano o bien le agradecen haber instalado el jazz en la conciencia pública del país. Lo que fue por años el hechizo de una música extranjera sobre un reducido número de aficionados, es hoy -gracias a Cristián y a otros de su generación, como Gálvez, Díaz, Silva o Rodríguez-  una música con rostro, identidad y domicilio conocido. Y es que para muchos el rostro del jazz en Chile tiene, por antonomasia, nombre y apellido: Cristián Cuturrufo. Un semblante barbudo y bonachón que llegó del norte, con ese fino polvo que arrastraba como la harina del tiempo en sus zapatos y que subía con él al escenario, envolviéndolo en una polvareda de aplausos y focos, bajo los cuales procedía a encantar y a cautivar a todos quienes venían a escucharlo, con su carisma, su trompeta o fliscorno -según fuera el caso- y su camisa llena de flores y tornasoles, actuando con el frenesí de una vida entregada al paroxismo de la música total, esa que le salía -tan lírica y susurrante o tan rea y chúcara de carnaval- de su instrumento transfigurado en cuerno de la abundancia.

Cuturrufo llegó de Coquimbo a Santiago, a los 16 años, a estudiar en la Universidad Católica, activando rápidamente una carrera que si bien no buscaba ex profeso fundar un jazz chileno, cosa en la cual él no creía, sí contribuyó fuertemente a formar y quizá hasta fundar y definir. Probablemente era ya un impulso familiar que venía de “Vernáculo, jazz nativo” (1995), grabado con su hermano Rodrigo, con el cual formaron también el “Cutus Clan”, un claro indicio de su permanente conexión familiar. Un disco con 11 temas, basados en los ritmos de los bailes religiosos que participan en la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Andacollo, y donde participan los Hermanos Cuturrufo, Rodrigo, Marcelo y Cristian junto a Felipe Chacón, Enrique Arenas, Asgen Von Daler, Mauricio Araya, Francisco Boisier y Ivan Lorenzo. Pero la identidad nortina de Cristian está no sólo en el origen de su apellido, que es diaguita, sino también en los temas que irá entreverando en gran parte de su discografía, donde lúdicamente se conectan territorio, formas musicales, cuerpo y gozo. “Coquimmambo” (en tres de sus discos) es un tema que traduce su afición por la música popular y su origen. Su música más dionisiaca está en “3er Pisco” (de su disco “Recién salido del horno” del 2003) y hasta en su trabajo con Valentín Trujillo, en 2005, “Villancicos”, donde hay un singular guiño con “Pero mira cómo beben los peces en el agua”. Lo suyo era el humor, incluso sobre sí mismo, siempre con intertextos musicales. La corporalidad como autoimagen jocosa está en su auto-retrato: “Porcinology”, inserto en su disco “Puro Jazz” (2000) y luego también incluido en su último trabajo “Socos” (2019). Un nombre que parodia “Ornitology” de Parker. El mismo humor que está en “Mi Tripón”, o “Putu” del disco “Perdidos en Londres” del 2003. Su pensamiento musical, instintivo, liberador, salvaje incluso, apelaba a lo festivo y carcelario que fueron también parte de sus imaginarios preferidos, presentes en “Celebro” (¿quizá un parónimo de “Cerebro”?), incluido en el disco “Cristián Cuturrufo y la Latin Funk” del 2006.  Carcelario y liberador, el tema “Habanera para prisión”, se hace presente en 3 de sus 11 discos.

Pionero y embajador del jazz en los medios, músico, compositor, gestor de festivales y clubes, Cuturrufo fue para todos un gozador, un fogonazo de swing que en sus cortos 48 años de vida logró ser «una especie de primo conflictivo, pero amado en la familia musical chilena», un anfitrión que abrió puertas para los que vendrían después de él, en el relevo generacional que al final lo acompañó durante sus últimos años tocando en el Jazz Corner, su lugar de jazz en el Barrio Italia, un espacio que -con un socio- mantuvo como uno de los puntos cardinales de esta música en Santiago. Cuturrufo vino a representar una carta insustituible en el tarot del jazz local, el loco o, mejor aún, un “loco lindo” como lo llamó Claudia Acuña. Una figura que combinaba sabiduría, riesgo (e incluso arrojo suicida, para algunos) y que hacía las cosas a su modo. Y quizá por lo mismo, un explorador que acaso descubrió mucho más de lo que buscaba. Un símbolo de la extraña naturaleza cuántica del jazz, donde incluso quienes no se declaran jazzistas (Cutu nunca se consideró uno) entran al ruedo como tragados por el huracán. 

“El Cutu nunca tuvo límites”, comenta su hermano Rodrigo. Una disposición que también señalan quienes lo conocieron de cerca o tocaron con él o quienes simplemente compartieron parte de su familiaridad en el mundo del jazz. “Yo recuerdo una vez que hicimos un asado acá en mi casa –testimonia el contrabajista Roberto Carlos Lecaros- y él apareció con un collar de longanizas colgado al cuello, y al pasar junto a la parrilla que teníamos ya encendida, agarró una silla de las que había en casa y dijo: ¡acá la falta fuego!, ¡y arrojó la silla sobre las llamas! Así era él”. 

 Cuturrufo, “era auténtico y capaz de todo el desparpajo que uno quisiera tener, pero que no se atreve”. Así lo caracteriza el guitarrista Jorge Díaz, considerándolo “una especie de estrella del Rock en un escenario de jazz”, con un temperamento fuerte, engendrado en las bravuras de su infancia y adolescencia en el norte, donde se identificaba con el talante y coraje de pescadores y camioneros, como señaló a propósito de su último disco “Socos”, un trabajo musical en homenaje al secano costero de la Cuarta Región. Con tales habilidades para imponerse y negociar, gestionó su propia carrera y activó la de otros, cosa que el baterista Rodrigo Recabarren y el pianista Benjamín Furman, ambos en New York actualmente, hoy le agradecen.  

El guitarrista y compositor Juan Cristóbal Aliaga, cuenta: “era un tipo que se imponía en un medio donde nadie ejerce sus derechos, pero él sabía imponerse. Polémico por eso mismo, pues no trataba al resto de la gente de una manera diferente a cómo a él lo habían tratado. De esa manera creció, con esos códigos, y todos hoy le agradecen con justa razón lo que hizo por la comunidad musical chilena. Yo creo que se le va a recordar por lo buen músico que era. Y aunque no influjo en mi música, debo reconocer que llegué a la escena del jazz sobre un terreno que él había pavimentado. Entonces no influyó en mi música, pero si, de algún modo, en mi carrera. Dejó, sin duda, una huella que todos sus cercanos reconocen, y también en quienes no lo eran. Ser feliz con lo que hacía, ese era uno de sus móviles y en eso hay que reconocerle una total autenticidad”. En el mismo sentido, Agustín Moya recuerda el impacto que Cuturrufo tuvo en toda su generación. “El siempre estaba alegre, alentándonos a tocar, ya sea en el viejo Club de Jazz de Santiago, en Macul, o en el Club de Jazz de La Serena, o donde fuera. En mi caso, yo sólo tenía 14 años y recién comenzaba en esto. Él me decía: ¡Toca, toca! Y era increíble verlo en el escenario, y uno pensando: sí, quiero ser parte de ese grupo!!”. 

De pulso itinerante, llamado a la aventura, Cuturrufo viajó geográfica y musicalmente. Primero desde su norte natal hasta la capital, y luego desde Chile a diversos lugares del mundo, siempre con amigos que lo acompañaron en su odisea vital y musical, trasladándose a Inglaterra, New York o Egipto, llevando el jazz de Chile a latitudes antes impensadas, con el mismo impulso que lo llevó a Cuba a estudiar y empaparse de la música afrocubana y el Latin jazz, y hasta su última presentación internacional en el Festival de Jazz de El Cairo en 2020.

Músico tocado por la magia de la improvisación, festivo y carismático, Dioniso del jazz en Chile, hoy nos deja un imborrable recuerdo y un legado musical que recién comenzamos a desempacar y reconocer.

Honrando su memoria, arrojado al viento de la costa nortina, vuela  o descansa en jazz, querido Cristian. 

 

Miguel Vera-Cifras 

A dos años de la Pandemia de Covid-19 

Marzo de 2021