Marcos Gendre

LAURA LAMONTAGNE, LA GRAN AVENTURA – 1ra PARTE

LAURA LAMONTAGNE, LA GRAN AVENTURA – 1ra PARTE

Desde los alrededores de las murallas de Lugo, charlamos una mañana de lunes con Laura LaMontagne, espeleóloga musical pionera en la recontextualización de la herencia folclórica gallega a través de la fibra electrónica y las ondas del loop. Revolución conceptual que ya está abriendo la portezuela hacia futuristas pasados perdidos, de los que ella es nuestra brújula dorada.

Arrastrada por las muescas de un proceso natural, la polifacética creadora Laura LaMontagne esta viviendo una de las metamorfosis artísticas más estimulantes de estos últimos tiempos. Desde su barricada galaica, se ha topado con las llaves que abren un caleidoscopio donde pasado ancestral y futuro surcan el rostro de la intuición y el riesgo. Porque en su actual propuesta, junto al productor Pico Amperio, es capaz de reinventar cantigas del siglo XIII y abducir el espíritu de Rosalía de Castro bajo loops sin fin.

De esta veganista valdelomariana de pro, está emergiendo una isla musical conectada como las venas de un corazón a su cuerpo. Un ser babeliano que, a través de la expectación creada y unos conciertos de impacto hipnagógico, está recreando un planeta de sensaciones para el cual se receta curiosidad y estar vivo. Sin más.

Para entender el calado de este fenómeno, nos acercamos a Lugo, un día después de haber sembrado un nuevo recuerdo cincelado a piedra, gracias a su memorable actuación en La Ferretería, del 9 de junio. De ahí, nos tiramos por el tobogán que desciende hasta el origen de sus impulsos creativos. Hay tanta chicha que se hace imposible recortar lo que fue tan extensa como jugosa charla, dividida en dos partes. Aquí el primer acto. Pasen y lean.

 

                                                       Foto por Manuel G. Vicent

 

Antes de nada, pregunta obligada: ¿cómo surge tu transformación en Laura LaMontagne?

Este nombre lo adopté cuando todavía cursaba bachillerato. Escuchaba mucho en aquel momento a Ray LaMontagne y pintaba la mesa de clase con ese apellido, firmaba en mis libretas, etc. Después pasó a ser un apodo y finalmente me acompaña en la música desde que empecé a tocar, digamos, seriamente. Empecé cantando en un grupo acústico en Santiago de Compostela, Pirocactus, en el cual descubrí que quizás en un escenario es donde puedo dar lo mejor de mí. Lo integraban Santiago Ruanova a la guitarra y Roque Mosquera (actual batería de Mojo Experience) a la percusión. Estuve en este grupo tres años hasta que comencé a dar conciertos en solitario bajo el nombre de Laura LaMontagne.

Comenzó en los recitales de Caldeirería 26, eventos que jugaron un bonito papel en la vida creativa y artística de la gente de mi círculo, y por lo tanto en la ciudad. Esto de experimentar con la palabra y acabar siempre las noches tocando, cantando, me ha permitido conocerme y experimentar conmigo misma, lo cual es crucial a la hora de componer e interpretar música. Cuando empecé el proyecto La Elegía de la Huerta (2018) me propuse unos límites férreamente marcados que correspondían (y corresponden) a mi vida cotidiana: el veganismo. Comencé a escribir desde este relato y punto de vista y a componer para ese fin por su relevancia a la hora de pensar el futuro.

Fue entonces cuando integré la parte audiovisual a los conciertos, contando encriptadamente una especie de viaje que una persona debe hacer hacia una conciencia que integre la realidad de los animales en su pensar cotidiano. A toda esta catarsis le acompañaba un poemario titulado “La Elegía de la Huerta. Escritos I”, autoeditado e ilustrado por Belén Cordero, fotógrafa e ilustradora de Lugo.

Cuándo creas imágenes, ¿estas con la música en la cabeza o es algo que haces pensando únicamente en la creación visual?

Normalmente grabo cosas al azar, que en ese momento me han resultado curiosas o tienen cierto valor estético, me recuerdan o me llevan a algún tipo de nostalgia. Recuerdo que el primer vídeo que monté, durante una noche bochornosa, lo sentí como un impulso. Comencé a grabar la guitarra, grabar más guitarras, la voz, las texturas… y cuando tuve el sonido, me puse a rebuscar pequeños vídeos recopilados de mis viajes e incluso a grabar en el momento alguna imagen de mi misma. Lo que más me gustó fue ver que podía hacerlo, y que haciéndolo se expandían mis posibilidades expresivas.

En este caso, las imágenes de los viajes y paisajes no fueron grabadas con un objetivo claro pero sí con la intención de relacionarlas con el sonido, bien en un concierto o bien el algún vídeo como “All my colours” o “A Cruz de Porchia». Para la Elegía de la Huerta, sí había una intención clara: mostrar una realidad que nunca se muestra, que no interesa que se vea y que nadie quiere ver. Entonces intenté llevar a la persona espectadora conmigo en ese viaje, el cual había sido también real en mi vida. En mis vídeos había imágenes de Lisboa, Granada, Santiago, Lugo, Barcelona… los lugares donde todo lo que estaba cantando había pasado. En esos lugares comencé yo a transformarme. Después, intentando de un modo alegórico llamar a la cordura, llegaban las terribles imágenes que yo había ido a mostrar.

En este último año, me he centrado en experimentar con texturas, planos muy cortos o difuminados, colores y movimiento. La línea narrativa que apoya estas músicas podría centrarla, a grandes rasgos, en la dinámica del deseo, la historia familiar, la propia percepción del cuerpo (esta vez con textos sobre cuerpos humanes) y sus heridas. En este momento al crear siento que música e imágenes están al mismo nivel y estoy comenzando a crear de un modo más planificado.

 

                                                                                  Foto por Manuel G. Vicent

 

 

Si rascamos un poco, en tu universo musical hay una parte audiovisual y otra que proviene de la poesía. En tu caso, como Kate Tempest o Patti Smith, que son capaces de integrar lenguaje musical en la poesía, no poetizar la música. Lo cual me parece más difícil. ¿Hasta qué punto te ha servido de experiencia el poetry slam y los festivales de poesía donde has participado?

Lo de la poesía para mí empezó en el Erasmus. Tenía una asignatura que hablaba sobre la influencia de Walt Whitman en diferentes países. Entre otres, me quedé fascinada con la generación Beat y con Fernando Pessoa, con las posibilidades expresivas y rítmicas que me ofrecían. Al volver a Santiago, sentía una necesidad voraz de poesía y descubrí los recitales de Caldeirería y de A Medusa, el ambiente y el bullicio intelectual que allí se vivía. Me sentí muy arropada siempre, por lo cual estoy muy agradecida porque me ha ayudado a descubrir que el escenario es un lugar seguro para mí.

Hablando de Allen Ginsberg, que sus recitados tienen un tono muy musical, lo primero que escuché tuyo es “Color de carne triste o quisiera yo renegar”. Al adentrarme en esta canción, me vinieron unas sensaciones muy beatniks. Esa visceralidad.

Originalmente fue un poema que realicé para un Slam de poesía y acabó formando parte de La Elegía de la Huerta. Le encontré finalmente un apoyo instrumental y una parte cantada: una adaptación de la petenera flamenca “Quisiera yo renegar” de La Niña de los Peines.

Sin duda, para hablar de algo tan importante y pertinente, algo que la sociedad tiene por ridículo o por prohibido, tiene una que rasgarse la piel. No es de extrañar que me permita sobre las tablas decir lo que en el día a día, por no dañarme y entrar en conflicto, acallo.

En esa misma canción hay algo muy interesante, el segundo bloque, que acaba con unos dejes flamencos muy andaluces.

Exactamente, “Quisiera yo renegar” llegó a mí de una manera inesperada pero me sentí muy identificada. En el poema en el cual yo incluí esta petenera, la voz que nos cuenta su dolor viaja por la situación de los animales y las excusas vanales para asesinarlos hasta llegar finalmente a brindar un balsámico cuento futurista en el que por ejemplo, el edificio de un matadero se encuentra felizmente iluminado por la luna, feliz por que ya se ha vaciado el espacio donde confluyen la lógica del capital y el carnofalogocentrismo basado en la razón sacrificial. Me da mucho placer y esperanza pensar en un futuro así. Sin embargo, la lucha no se ha logrado, el presente sigue apretando. Para mí, esa petenera nos hace volver a la realidad cruel, pero nos da fuerza para saber de qué no queremos formar parte y posicionarnos en contra de las injusticias a través también de la práctica.

Veo tu música como viajes muy geográficos, muy emocionales, como tu poderosa conexión con Granada.

El acto de viajar, de viajar sola, de viajar sola por el hecho de conversar contigo misma, con tus ideas y libretas, recuerdos, rabias, rencores y sanaciones es algo imprescindible para la formación personal, para mí ha significado algo grandioso. Siempre encuentro inspiración viajando y observando. En Granada lo hice con Lorca bajo el brazo, y la ciudad cobraba sentido, cada aljibe lorquiano estaba a mi lado, los cipreses y los vientos de antaño. Val del Omar y su Aguaespejo granadino se me aparecían en cada esquina. Te lo juro, no dejaba de grabar cada cosa que veía, quizás esperaba que se me apareciesen. Allí compuse “La Rosa y el Halo”, basado en el cuarto fragmento del poema de Lorca “Cuatro Baladas Amarillas”. Me gusta transmitir en la medida de lo posible, a través de las imágenes, el espacio que arropó esa creación.

 

                                                                         Foto por Belén Cordero

 

 

¿Qué otros momentos de tu música están enraizados en este viaje?

Coincidió que antes de pasar este mágico mes en Granada, me llegó la preciosa noticia de que finalmente la película de Anxos Fazáns en la que trabajé como actriz en 2017, “La Estación Violenta” participaba en la sección Resistencias del Festival Internacional de Cine de Sevilla.

Fue impactante para mí ver ese trabajo acabado. En lo más personal, me generaba cierto rechazo verme haciendo cine y cantando en una película. Pero la verdad, sentí un gran alivio y muchas ganas de seguir apostando por este camino al ver que no había estado tan mal como yo misma me auguraba. Sin duda, la experiencia de estos dos viajes marcaron un antes y un después en mi vida.

De Fernando Pessoa a las cantigas medievales, no sé hasta qué punto eres consciente de que estás viajando de una manera que no se había hecho hasta ahora. Y que no se nota como trabajo de laboratorio impostado, y no solo en la música.

Quizás la persona más consciente de la intertextualidad con la que trabajo, soy yo. Si me pusiese a desmenuzar cada verso, cada referencia, llegaría a la raíz de qué, quién, cómo, dónde y porqué esa cierta frase, o esa cierta inflexión en la voz hace referencia a otra cosa. Creo que toda esa recopilación de referencias define un poco otra forma de viajar, que está muy ligada a mi generación. Hay que darse cuenta que hemos crecido con ciertas facilidades para descubrir información de otras partes del mundo que asimilamos como nuestras, por que nos acompañan en nuestros momentos o nuestras transformaciones. Podría parecer extraño que una de mis canciones favoritas venga casi del otro lado del mundo, sin embargo, creo que es algo bastante natural. Si una es respetuosa con sus influencias, creo que beber de fuentes externas es enriquecedor.

En el momento de poner el común mi universo musical con el de Pedro Cuntín, mi actual compañero creativo, al cual le debo la evolución del proyecto, le comentaba que muchas de las letras vienen de reflexiones que segrego después de leer libros de ensayo y teoría. Claro, le decía, ¿de dónde si no? Creo pertinente poder transmitir la importancia de esas transformaciones profundas que ocurren cuando una lee sobre lingüística y feminismo, cuando lees sobre la política sexual del consumo de carne animal, o cuando tienes una epifanía leyendo a Pizarnik.

Hay un par de temas que veo íntimamente relacionados y me obsesionan a un nivel profundo. La pulsión de muerte y la repetición. Adopté estos términos y comencé a escribir sobre esto desde mi trabajo de fin de carrera, en el cual analizaba la dinámica del deseo en los cuentos de Angela Carter. Huelga decir que me quedé enganchada a estos temas y los sufría en mi piel de una manera consciente.

El tema del loop acaba siendo algo metafórico en todo lo que me estás comentando, lo cual le proporciona un mayor sentido todavía a lo que haces ahora. ¿Cómo entras en ese mundo del bucle sónico?

A mediados de 2018, compré una Loop RC-30 y todo cambió. Descubrí que lo que me costaba tanto ejecutar en la guitarra, podía ser interpretado por la loop y así yo centrarme en explorar mi instrumento natural, que es la voz.
 Al probar e improvisar con ciertas bases, casi siempre recurría a canciones del folclore con estructuras repetitivas pero abiertas. Sin duda, he de confesar que la manía de los raags de entrar en un trance es algo que me atraía desde que conocí algo de música india de la mano de Lata Mangeshkar. Es volver al mismo punto una y otra vez, quizás porque hay algo importante que transmitir.

 

                                                           Foto por Pablo Fernández Cascudo

 

Claro, lo realmente interesante es cómo contextualizas cantigas del siglo XIII, como de Martin Codax, dentro del loop.

Todo empezó con “Ondas do mar de Vigo”. Para quien no esté familiarizade, Martín Codax fue un trovador medieval gallego de Vigo. Era un personaje muy importante para la asignatura de Literatura Gallega y era reiterado tema de análisis en clase. Se conservan siete composiciones, seis de ellas con notación musical original, recopiladas en el Pergamino Vindel.

En mis años de instituto integré esta cantiga, “Ondas do Mar de Vigo”, en mi imaginario musical y emocional hasta el punto de ser la canción predilecta que canturreaba en los momentos más difíciles. Como el mantra que te alivia. Un mantra, una repetición que de nuevo vuelve al mismo sitio, una y otra vez. Quizás para mí signifique un no-salir de un dolor, por no soltar la pena.

He investigado más cantigas de este mismo autor, como “Quantas Sabedes Amar Amigo” y “E no sagrad’en Vigo”, que no tenía notación musical, y de otros autores de su misma tradición como Airas Nunes de Santiago, trovador de la corte de Alfonso X El Sabio.

 

 

No sé hasta qué punto eres consciente de que estás abriendo un camino. El loop lo veo como algo muy galaico. Como los oleajes, la naturaleza misma. Es que vivimos en un loop, directamente.

Sin duda, un loop podría ser como la marea que va y viene, que sigue sus ciclos y convive con el tiempo. Mi propio ciclo menstrual, el hecho de amigarme con esa parte de mi anatomía me ha hecho poder valorar la magia y la importancia de los ciclos. Y haberlo encontrado en la música me da pie a poder integrar dos caras de una misma moneda que al fin y al cabo es lo que conlleva la repetición: su cara más amable de establecer y brindarte un lugar en el tiempo, un lugar propio y reiterado, que crea tu identidad, y la parte más oscura de este tema que deriva de la pulsión de muerte: lo terrible de la cotidianeidad y su intrínseco abismo que tanto vértigo provoca. Sentimos vértigo ante la falta de consistencia de lo real. Creo que es positivo acabar haciéndose amiga de lo terrible e inconsistente de la realidad porque es inevitable, como en el lenguaje donde nada es como parece. Admites al final que los poros por donde se filtra esa inconsistencia es donde quieres establecer tu pequeño universo.

Es como vivir la mezcla constante entre las raíces y el futuro.
Me resulta muy interesante lo de utilizar el loop como una máquina del tiempo.

Me ha servido, como dices, para atraer algo del pasado al presente. Algo que a mí me inspiraba, traerlo hacia algo que me pasaba en el presente. Esta manía o sensibilidad, suene o no extraño, la desarrollé a base de escuchar músicas de otros tiempos y lugares: Zitarrosa, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui… Me ha ayudado con creces la influencia de La Baldosa Flotante, un cantautor investigador de realidades sonoras diversas, de idiomas diferentes y de historias de otros lugares. Fue él la persona encargada de traerme muchas semillas de otras tierras. Yo las aprecié, las sembré en mi tierra y salieron flores. Esas son las músicas con las que yo he llenado mis momentos, los he recubierto con mi historia y mi sensibilidad, que no deja de estar encerrada en el camarín de una cultura específica. Sin dolor, al admitir esto, es cuando puedes transformar y usar las enseñanzas que has cosechado y fabricar algo nuevo, algo reescrito. Supongo que esto es viajar en el tiempo.

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FOTOGRAFÍA CABECERA: MANUEL G. VICENT