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SONIDO DE PELÍCULA: VIAJE AL CABO DEL MIEDO

SONIDO DE PELÍCULA: VIAJE AL CABO DEL MIEDO

Usualmente cuando pensamos en películas de terror se nos vienen a la mente las casas embrujadas, los exorcismos o al mítico Pennywise (It). También podemos pensar en criaturas demoníacas u otros fenómenos paranormales. Sin embargo, para mí una buena película de terror es aquella en donde personajes comunes se ven expuestos al extremo de sus capacidades y en donde personas cargadas de maldad y odio dan rienda suelta a sus más crueles planes. El miedo de ser atacado, de sentirte vulnerable, de sentir que no te puedes proteger, ni tampoco proteger a tu familia, sentir la necesidad de buscar ayuda, pero al mismo tiempo saber que estás sólo y nadie puede ayudarte, donde te ves en la urgencia de extremar recurso y poner en juicio todos tus valores para poder sobrevivir o salvar la vida de alguno de tus seres queridos.

Ese el caso de Cabo de Miedo (Cape Fear), película que, además, cuenta con uno de los soundtracks más terroríficos de la historia. Aquí es necesario hacer una pequeña acotación, pues en esta entrega me centraré en Cabo de Miedo (1991), el remake de Martin Scorsese para el film del mismo nombre de 1962, dirigido por J. Lee Thompson. Se preguntarán por qué: simplemente porque la versión de Scorsese la he visto más veces y porque el soundtrack es “casi” el mismo, ya les explicaré.

 

 

 

Para quienes no han visto la película, les cuento que la historia se centra en Max Cady (Robert De Niro), un exconvicto que después de pasar 14 años en cárcel, decide ir a buscar venganza en contra de su abogado Sam Bowden (Nick Nolte), a quien acusa de haberle jugado chueco para enviarlo a prisión. 

 

 

 

 

Sam tiene una bella familia compuesta por su esposa Leigh Bowden (Jessica Lange) y su hija adolescente Danielle Bowden (Juliette Lewis). Max de inmediato pone en marcha su plan, comienza a hostigar a Sam, acorralarlo hasta el punto de hacerle sentir vulnerable. La inseguridad de Sam comienza a provocar un desbarajuste emocional en la familia y, poco a poco, todo se va transformando en una pesadilla brillantemente orquestada por Max, quien incluso, haciendo uso de su experiencia como seductor de adolescentes, comienza a manipular a Danielle hasta casi enamorarla y ponerla en contra de sus padres.

Robert De Niro usó todos los recursos posibles para darle a su personaje un aura de maldad inigualable. Durante meses ejercitó para obtener musculatura adecuada, además de decorar su cuerpo con decenas de tatuajes con mensajes y símbolos religiosos. En toda su espalda se puede apreciar una gigantesca cruz de la que cuelga una balanza donde a cada extremo se puede leer “Truth” (verdad) y “Justice” (justicia), junto con los otros mensajes de venganza sacados del antiguo testamento. Su trabajo no se limitó solo a eso, De Niro también pasó semanas investigando sobre el comportamiento de psicópatas sexuales. Sin embargo, lo más extremo que hizo Robert fue pagarle a un dentista cinco mil dólares para que le destruyera su dentadura, ya que insistía en él su personaje debía tener esa característica –20 mil más le costaría recuperarla–.

 

 

Pero todo ese trabajo estético y psicológico de De Niro no hubiese estado completo sin una música que sellara la imagen de Max Cady. Esa música que al escucharla te pone los pelos de punta, porque viene desde lo profundo, como sacada directamente del infierno; ese tema que te paraliza porque sabes que en esa noche oscura aquella figura que camina a ti con la luna iluminando su camino y con esa música como una fanfarria anunciando su llegada no significa otra cosa más que tu condena.

Esa música es obra del maestro Bernard Herrmann (1911-1975) y también del genial Elmer Bernstein (1922-2004). Herrmann compuso el tema original para Cabo de Miedo (1962), y cuando Scorsese decide rodar el remake en 1991, Bernstein le recomendó usar el mismo tema principal. En un comienzo Martin estaba un tanto dubitativo, pero terminó aceptando la idea y Bernstein tomó la partitura de Herrmann, hizo unos cuantos arreglos y nos regaló un tema tan terrorífico que incluso ha sido utilizado en otras películas o en el clásico capítulo parodia de Los Simpsons “Cabo Miedoso” (Cape Feare), donde Bob Patiño intenta asesinar a Bart.

 

 

 

De la música de Herrmann prometo hablar en otro capítulo, pues su aporte y legado son incalculables. Quienes no lo conocen se sorprenderán. Con respecto a Bernstein, quien también tuvo una carrera muy exitosa, con dos Globos de Oro, un Oscar y otras 14 nominaciones, podemos decir que sentía un profundo respeto y admiración por el trabajo de Herrmann: “Creo que él [Herrmann] no hubiese estado contento con mi trabajo y probablemente me hubiese reprendido por lo que estaba haciendo”, declararía Bernstein en una entrevista.

 

 

 

Pero Bernstein no sólo usaría la música de original de Cabo de Miedo, sino que también echaría mano a la música descartada que el mismísimo Herrmann había compuesto para “Torn Curtain” (Cortina Rasgada) de Alfred Hitchcock. Bernstein usaría estas pistas para el clímax de la película agregando ese toque de tensión y angustia propios del sentimiento de la familia Bowden.

 

 

Si bien Scorsese insiste en que Cabo de Miedo no es una película de terror, sino un thriller criminal, yo creo que no hay cosa más de temer que la mera idea de un psicópata que quiere violar a tu hija para luego violar a tu mujer y luego asesinarlos a todos. La mera figura de Max y la genialidad musical de dos monstruos como Herrmann y Bernstein posicionan esta obra como una de las más desquiciadas que he visto. No en vano De Niro fue nominado a un Oscar por su interpretación, perdiendo ante Anthony Hopkins (El Silencio de los Inocentes), y compitiendo con Robin Williams, Warren Beatty y Nick Nolte. Juliette Lewis también fue nominada como mejor actriz de reparto, y con justa razón, pues su actuación es notable.

 

 

 

Para felicidad de todos los que amamos esta película y nos fascinan las bandas sonoras, el soundtrack de Cabo de Miedo se encuentra disponible en Spotify y también pueden escuchar la versión de la banda Fantomas, quienes el 2001 lanzaron el disco “Director’s Cut”, donde incluyen el cover de Cabo de Miedo con el puro estilo oscuro y descabellado de Mike Patton.

 

 

 

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE DISCOS : PAINT IT RED

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE DISCOS : PAINT IT RED

En la columna anterior hablé acerca del lugar que el Let love in ocupaba en la historia de Nick Cave.

Hoy le toca a los Prefab Sprout, esa banda que para mí siempre ha sido como ese taxista que, aunque te pongas audífonos, no deja de hablarte. Un taxista que mezcla lo religioso, las rutas de Elvis, Kerouac y el western a lo Lee Hazlewood sin andar seduciendo a lo Arjona.

No hablaré de esta vez de esa obra colosal llamada Steve McQueen, sino de una que parece haber llegado muy tarde o muy temprano al tiempo en el que le tocó vivir.

 

 

Se llama Crimson Red y si usáramos una metáfora un poco exagerada, se parece al Corazones de Los Prisioneros. Esos discos que mantienen un nombre en plural para empezar a decir lo que siempre se quiso decir en singular. Como si uno fuera Vito Andolini pero siguiera sacando discos con el nombre de Corleone.

 

 

 

Crimson se llama así por el pintor Mark Rothko, ese que se tomaba tan literalmente los colores que los volvía abstractos. Tal vez esa sea una de las razones por las cuáles Paddy McAloon le llamaba Steve McQueen a los discos (metiendo fotos de motos en la tapa) e ironizando sobre la cultura norteamericana en frases como: “Brucie dream life´s a highway too many roads bypass my way”. Pero poco a poco una diáspora empezó a alejarlo de la idea esa de que el enemigo es externo e incluso que la ironía, te va a salvar de algo.

Sumemos peleas con los sellos, un ostracismo estilo el Walden de Thoreau y enfermedades al oído y a la vista.

 

 

 

Si pensamos que Let’s Change The World With Music es un disco de demos que grabó Paddy para lo que debía ser la continuación de Jordan: The Comeback, siendo rechazados por el sello, y que I Trawl The Megahertz fue la manera de lidiar con el doble desprendimiento de retina que lo dejó casi ciego y lo obligó a componer de otra forma, Crimson red es la verdadera vuelta del autor desde el 2001.

Paddy se retiró del mundo pero no se fue a vivir al bosque estilo Into the Wild a hacerle himnos hispters a la naturaleza, sino que se fue a tratar de lidiar con su historia hecha de retazos de memoria. Como si la idea de quedarse ciego lo hiciera volver a pensar en la memoria del color. Del Crimson al Red.

 

 

 

 

Esa tal vez sea la mayor virtud de este disco, ser como ese cubre plumón, lleno de manchas de café que un día se mezclaron con migas de galletas y armaron una especie de Pollock, ese que aún crees que puede seguir cubriéndote más del frío que un plumón nuevo.

Ese almohadón de plumas armado de Quiroga y de Freddy Krugger y de todas y cada una de las pesadillas con las que naciste y que alguna vez te dieron miedo y que en el ejercicio de olvidar, volvieron a aparecer más grandes que antes. Esta vuelta de McAloon es como Ledger en la de Nolan, robando una ambulancia para salir a atropellar a todos los fantasmas que aún siguen vivos en la cabeza de tu ciudad.

 

 

 

¿Y cómo parte Crimson Red?

Con una canción llamada The best jewel thief in the world:

 

 

“Masked and dressed in black

You scramble over rooftops

Carrying a bag, a bag marked swag

You’re the best jewel thief in the world”

 

 

 “Tengo cajas llenas de cancioncitas en casa”, decía Paddy cuando lo entrevistaron por este disco, y lo que pudiera haber sido un single cualquiera termina siendo una metáfora de lo que para Paddy es el oficio de escribir canciones.

Si en el pasado te hablaba de McQueen, acá te cita de una pasada a los Blue Nile, y al Cary Grant de To Catch a Thief. Si Paul Buchanan en los Blue Nile cantaba:

 

“I walk across the rooftops

The jangle of Saint Steven’s bells

The telephones that ring all night”

 

Hitchcock, te mezclaba imágenes de gatos en los tejados mientras Cary afanaba.

 

En List of Impossible Things, Paddy se pone a pensar en Sinatra y lo llama Francis Hoboken. Y acá ya podemos ver la genialidad de McAloon que, frente a sus operaciones al oído y a la vista, se pone a hablar de ese al que le llamaban la voz, eso que tal vez sea lo único que le quede entre tanto huracán de soledad y enfermedades.

 

 

» Take your cracked violin

Let the music begin

And sing like you’re Francis Hoboken

 

If your voice is all shot

It’s still the best one you’ve got

You’re a work of art that’s broken «

 

 

Encerrado como Thoreau en Walden, en la 3, se pone a pensar en la adolescencia y vuelve a esas motos citadas en el Steve McQueen que salían en la tapa y acá tal vez esté la primera razón por la cual el Crimson es un disco muy grande.

Adolescense habla no sólo de venenos, romeos y capuletos o de la mala poesía, sino que cruza toda la historia de una banda y de cómo alguien vuelve a pensar la música o la escritura.

 

 

 

“Romeo, romeo, inconstant? Never” canta Paddy y me pongo a pensar en cómo pasó de esa época en que jodía con las letras de Bruce, a esta en donde pasa de Shakespeare, en la 3, a homenajear a Dylan en la 10, la última del disco.

 

 

You roar right out of Nowheresville

To find the beating heart

Cryptic, elusive, smart

Mysterious from the start

The gift of anonymity

Inventing your own past

Hobo jive on overdrive

Your energy is vast

Hobo jive on overdrive

Your energy is vast”

 

 

Este disco creo que se parece a ese personaje de Saramago en “Ensayo sobre la ceguera” que un día parado ante un semáforo en rojo (como si fuera un cuadro de Rothko) se queda ciego súbitamente.

El Crimson, es la manera en que Paddy creyendo que iba a perder los ojos al estilo de la profecía de Edipo, se pone a escribir de las cosas que rescataría del naufragio. El naufragio de ese espejo roto del lago, que un día tal vez, ya no te refleje.

 

 

“No sé porqué escribo como escribo. No siempre quiero decir lo que estoy diciendo, no estoy expresando mi punto de vista sobre algo; es como si escribiera el guión de una película. Sí que uso muchas cosas del subconsciente; esas líneas que me llegan a la mente y no acabo de entender, pero sé que debo usar. Y así pueden surgir grandes canciones. Es como la poesía. Exige cierto trabajo al oyente”.

 

UNA ALCANTARILLA ABIERTA.

UNA ALCANTARILLA ABIERTA.

“Esta ciudad es como una alcantarilla abierta”, así describe el enajenado y sensitivo Travis Bickle a la ciudad que lo ve enloquecer, en TAXI DRIVER.  Ruidosa, sucia, infecciosa, así se percibe a la ciudad de Nueva York en la década de las 70s y a principio de los 80s, periodo que ve nacer a Sonic Youth. Hablar de Sonic Youth es hablar de esa alcantarilla, y de un sonido directamente heredado de la Velvet Underground, banda que define para siempre el camino musical de esa ciudad; como también lo hace la vital y nutrida escena punk y new wave, marcando la siguiente gran parte del mapa. En plena sintonía con ambos referentes, el cuarteto toma la libre experimentación y amasa una vanguardia musical a partir de 1981, dando lugar a un nuevo torrente de sonido, y a una propuesta artística que no solo modifica la esfera musical, sino que a toda la cultura subterránea de su tiempo. Ahí nace el sonido de esa alcantarilla abierta; el sonido de Sonic Youth.

 

 

Los ochentas y el rechazo a la era Reagan habían quedado plasmados en la superioridad y experimentación anticomercial de Daydream Nation, mientras que Goo abría los noventas con un escenario social, cultural y musical diferente. La premisa era no repetirse. Es ahí donde se abre una línea divisoria antes de Goo y después de Goo. 

Cuando volvemos a escuchar el álbum editado en 1990, el primero bajo el alero de la multinacional Geffen Records, nos reencontramos con un momento decisivo en el sonido de la banda, momento en el que se produce el movimiento expansivo de una agrupación rupturista y transgresora, que en términos estilísticos se hace cargo del ruido, la psicodelia, las influencias retro pop; y el salvajismo del rock para usar por primera vez la tradicional estructura de canción verso-estribillo, y aún así, obtener como resultado un disco incendiario y una suerte de manifiesto artístico musical que propone estética e ideología sonora para la década de los noventas.

Dirty boots abre el disco con Thurston Moore en la voz. Ritmo jovial y atolondrado, probablemente una de las características eternas de la banda siempre poseedora de esa cualidad juvenil. El riff inicial ligero y melódico, describiendo aventuras adolescentes, hazañas nocturnas y desparpajo. La delgada y limpia voz de Moore puesta en contraste con el decibel alto, el estallido de guitarras y los pedales perfectamente disonantes en diferentes colocaciones. Melodía y disonancia unidas para la bienvenida de Sonic Youth al mundo de Mtv.

 

 

Tunic (song for Karen): ruido de guitarras y la entrada de la reina Kim, la voz etérea de Gordon siempre como encapsulada nos remite a pasajes oníricos en medio de un compás ágil y de crudeza para hablarnos de la otra reina, Karen Carpenter, heroína de los neoyorkinos. Oscura y disonante, un epílogo de noise surreal en memoria de la reina olvidada.

Mary Christ: una patada sónica muy punketa y primal, chillona y de compás entrecortado. Gordon y Moore compartiendo voces y gritos esquizoides, aludiendo a fanatismos religiosos y al catolicismo americano, una fijación recurrente que vuelve una y otra vez en varias canciones, jugando con ello para desarticularlo: “Talking to a punker priest / just dogging the breeze / about been in a tree / he says it’s free now! along comes mary christ”/ “angel in a devil skirt, buys me a shirt / says i hope you like / uh, like what now!? / hope i hope you like, like you like your hope / with the tightest rope / i see, i know now! / here we go – i’ ve been waitin so long, yeh i know – for Mary to come along / aaaooooiii”. Una pastilla punk ácida, nada más neoyorkino que eso.

En Kool Thing, Sonic Youth está lanzando una molotov sobre los poderes corporativos y el sexismo. Lo hace de manera tan inteligente, tan poco obvia y tan lúcida.  Y claro, está usando el ruido, la connotación sexual, el poder y el dinero de la gran corporación y el mainstream, y lo hace para hablar sobre política e ideología. Pero no termina ahí; en ella encontramos otra determinada acción para la época, la unión con Chuck D de los incendiarios y fundamentales Public Enemy; la burla a todo cliché sexista que pudiese representar el rock and roll y el mismísimo rap, en voz de Kim Gordon: “Hey, kool thing, come here, sit down beside me, there’s something i gotta ask you. I just wanna know, what are you gonna do for me? i mean, are you gonna liberate us girls from male white corporate oppression?  Tell it like it is, huh? yeah!, don’t be shy”. Es Gordon la que está citando al activismo, ironizando sobre el héroe y la liberación femenina en un mundo gobernado por el patriarcado y las grandes corporaciones: “Fear of a female planet?” murmura Chuck D en uno de los momentos insuperables del disco. La chica de la banda utilizando el alcance de la industria para lanzar un encriptado manifiesto radical.

 

 

El track cinco “Mote”, compuesto y cantando por Lee Ranaldo es la evidencia de la influencia ramonera con un inicio que incluso podríamos comparar al de “Rock n roll radio”, ondas sonoras y un dial. Mientras que el resto nos recuerda a los mejores momentos de Rocket to Russia. Y qué mejor referente si vas a incursionar en la estructura pop-punk. La guitarra de Ranaldo reventada, filuda y distorsionada, el estruendo atraviesa toda la canción: When you see the spiral turning through alone / and you feel so heavy that you just can’t stop it when this sea of madness / turns you into stone picture of your life shoots like a rocket”. Los coros de J. Mascis, Dinosaur Jr. poniendo aires de punk melódico y finalmente el eterno juego de pedales y cuerdas en suspensión hasta el último acople.

 

 

“My friend Goo” mucho más simple y directa, en tono irónico ¿De quién se están riendo los Sonic Youth? ¿de las masas? ¿la moda? ¿o de alguna generación algo boba?. En “Disappearer” nos reencontramos con la experimentación, y ese juego de doble guitarra y bajo junto a la catártica y mooniana batería de Steve Shelley, conteniéndose en un punto de equilibrio evitando que la contundencia marque decisivamente el ritmo de la canción, permitiendo ese característico ritmo indeterminado e impredecible.

La alternancia entre Thurston Moore, Lee Ranaldo y Kim Gordon como vocalistas, es otra de las grandes virtudes de la juventud sónica, otorgándole fluidez y carácter experimental a cada momento. Goo tiene estribillos, tiene catarsis eléctricas y amplificadores que están a punto de estallar. A continuación, dos piezas de la saga Kim Gordon “Mildred Pierce”, dos minutos y trece de melodía instrumental acelerada, estridencias y voz gutural explotando en el final que no puedo evitar vincular a las evidentes influencias que la banda recibió del crossover o de la declarada fascinación de Moore con el metal, uno de sus primeros amores.

 

 

“Cinderella’s big score”, Gordon nuevamente al ataque, otro de los grandes momentos del disco. Una intro espeluznante de riffs a punto de explotar marcando las diferentes afinaciones, y Shelley entrando a marcar el galope cada vez a mayor velocidad para la entrada de la voz casi asfixiada de la rubia: “If i could give you anything, i would give you a kick /you’d rather have a dollar,than a hug from your sis”. La canción explota rabiosa y cruda en medio de sentimientos de decepción y oscuridad: “Don’t give me yr soul, it’s caught is an abyss  / a cold is gonna take you, and freeze away your tears”. En “Cinderella´s big score”, la calma ha desaparecido, Kim Gordon y Sonic Youth lo incendian todo.

 

 

Las últimas dos canciones del disco, “Scooter + jinx” un minuto y siete de caos sonoro, decibel y distorsión. Ruido puro y retorcido para pasar a “Titanium exposé”, marcada por las distorsiones de las guitarras, una intro potente, el quiebre, el groove y la sonoridad ácida. Thurston en la voz principal y Gordon en los coros: “Waking up i see you dreaming of a drivin’ open your eyes to see tv set in blue, i’ve been waiting for you to smile, i’m pretty freezin’, wintertime come summer, you are why it’s happenin’ / [kim]: sugar babe sugar babe do it to me, do me babe do me babe can’t you see me? i’m sugar now sugar now do it to me”. El juego de voces entre Gordon y Moore siempre otorga un toque espacial, y los interpases rítmicos y vocales son la curva del terror para el oyente inexperto en rock caótico. Vuelvo nuevamente a la sintonía de los neoyorquinos con la potencia del crossover y el metal extremo.

Goo se presenta como toda una cátedra sobre eso que conocemos como noise o rock alternativo. Pero vamos más allá de las etiquetas y los manoseados conceptos del underground o el mainstream. Esto es expansión pura, es ir de la premeditada experimentación arraigada en la vanguardia y lo anticomercial, a un sonido de estructuras musicales claras y más cercanas a la convención, recibidas directamente de las grandes influencias pop que la banda adora, todo esto sin perder un gramo de alma, ni una nota de acople. Quizás, también, eso sea una alcantarilla abierta, los cojones y alma de un acto desprejuiciado que une elementos que parecen opuestos, y por supuesto, la claridad artística y la visión de una banda que es mucho más que una banda de rock alternativo.  Porque Sonic Youth es tan visceral como craneal, y su música siempre ha sido una propuesta artística completa desde lo ideológico, lo conceptual y lo visual. No olvidemos la memorable portada a cargo de Raymond Pettibon, ilustrador del underground norteamericano, cuya imágen icónica es recogida de la crónica roja y llevada a la estética pop,  comunicando el sentido total de Goo, que además de ejercer el cruce vital entre el noise y el molde verso/estribillo, es lo que el mismo Thurston Moore ha expresado al hablar del vídeo de Kool thing – canción emblema del disco – : “Esto es el encuentro de Barbarella con Andy Wharhol”. Es un hecho comprobado que Sonic Youth dio con la fórmula del noise para las masas.

JERRY LEE LEWIS: EL FUEGO QUE NO SE EXTINGUE

JERRY LEE LEWIS: EL FUEGO QUE NO SE EXTINGUE

Jerry Lee Lewis (Luisiana, Estados Unidos, 1935) es un sobreviviente, en todos los sentidos de la palabra. Cantante y pianista, ícono de la rebeldía juvenil de los años ’50, apodado “The Killer” por su rebeldía y actitud, Jerry Lee Lewis es uno de los personajes que cambió para siempre la historia de la música popular, llevando el peligro y la rebeldía en el rock and roll a niveles que jamás se habían visto. Por algo, en un artículo del año 2006, la revista Rolling Stone dijo que, al lado suyo, “Keith Richards es tan tranquilo como Mickey Mouse”.

 

 

Jerry Lee Lewis demostró desde pequeño ser un prodigio del piano. Sus influencias se movían entre géneros como el country el boogie-woogie y el gospel. Sin embargo, y a pesar de su fuerte formación religiosa, Jerry comenzará muy joven a demostrar que era un verdadero “real wild child”. Sus presentaciones en vivo eran una locura: Jerry aporreaba el piano con fuerza, tocaba con los codos, con los pies, bebía alcohol y a menudo terminaba borracho sobre el escenario, y movía las caderas, quizás sin tanta soltura como Elvis Presley, pero de una manera que era una invitación real —y salvaje— al sexo.

 

 

Convencido de su talento, y literalmente con lo puesto, viajó a Memphis, durmiendo en la puerta de la Sun Records —sello que ya había publicado a Presley— hasta que logró una audición. Fue así como llegó su primer éxito: Whole Lotta Shakin’ Goin’ on. Al principio, Sam Phillips, el dueño de Sun Records, se mostró bastante desconfiado de publicar una canción con “tanto contenido sexual” (no olvidar que estamos hablando de 1957). Sin embargo, la canción fue un éxito en todo el mundo, vendiendo más de seis millones de copias. Aunque fue censurada en muchos programas de radio y televisión (en The Ed Sullivan Show, por ejemplo, fue rechazada y calificada de “inmoral”) las presentaciones en vivo de Jerry Lee eran rotundos éxitos y su legendaria versión en vivo en televisión, en el Steve Allen Show, es todo un hito en la historia del rock and roll.

 

 

«Mi primer contacto con el rock and roll fue una tarde en que vi por televisión a Jerry Lee Lewis. Fue algo que me dejó muy sorprendido, es que para mí él era de otro planeta», señaló al respecto en una entrevista Eric Clapton.

 

 

Pero el mayor éxito de Jerry Lee Lewis vendría solo unos meses más tarde con la canción Great Balls of Fire. El tema, también censurado y rechazado por muchas emisoras radiales y canales de televisión por considerarla “blasfema”, fue número 1 en ambos lados del Atlántico y hasta el día de hoy es considerada pieza fundamental de la historia del rock and roll y de la música popular, vendiendo más de cinco millones de copias en todo el mundo solo en los diez primeros días tras su publicación. A pesar de las críticas de los sectores más conservadores y de llegar a ser catalogada como una canción “poseída por el demonio”, Jerry Lee lo había conseguido: se había convertido en el más exitoso músico de rock and roll, superando a su amado y odiado colega Elvis Presley. La canción hasta el día de hoy es uno de los platos fuertes de Lee Lewis y ha sido versionada, entre otros, por The Crickets, E.L.O., Aerosmith, Bon Jovi, Tom Jones, Misfits y Fleetwood Mac.

 

 

Una muestra clara del carácter rebelde y altanero de Lee Lewis ocurrió cuando, en el Brooklyn Paramount Theatre de Nueva York, y siendo Great Ball of Fire la canción número 1 en los charts, se le asignó el puesto de telonero de Chuck Berry. Jerry Lee se negó, argumentando que él era el primer lugar en las listas, pero Chuck Berry había pedido expresamente en su contrato que él debía cerrar el show. Jerry Lee Lewis subió al escenario sin emitir más palabras, hizo su show habitual, hasta que en el número final —la canción Great Balls of Fire— se levantó de su silla, tomó una botella de Coca-Cola llena de gasolina y la vertió sobre el piano antes de prenderle fuego. El show terminó con un Lee Lewis tocando de rodillas, entregado al público, mientras el piano ardía en grandes bolas de fuego. La audiencia estaba descontrolada, desbordada, tanto así que el espectáculo posterior de Chuck Berry no pareció más que una inofensiva colección de canciones bailables.

 

 

Los hits seguían: Breathless, Wild One (Real Wild Child), High School Confidential, entre otros. “The Killer” se encumbraba en la cima y su figura le hacía sombra al mismísimo Elvis Presley. Pero su carácter y su vida personal comenzaron a generar problemas. Aún siendo número 1 en las listas, viajó a una gira por el Reino Unido, pero allá, al llegar al aeropuerto, la prensa lo recibió con preguntas acerca de su reciente matrimonio, el cual, se habían enterado, había sido con la hija de su primo y que, para colmo, solo tenía catorce años de edad. Jerry Lee Lewis, a pesar de los que le aconsejaron e incluso exigieron en Sun Records, no negó nada, es más, hizo todo lo posible por demostrar que no tenía problemas con admitir su relación. Fue un escándalo. La imagen de Jerry se debilitó, prohibiendo casi todas las radios poner sus canciones e incluso muchos de los teatros reservados para la gira decidieron bajarse, más aún cuando se enteraron de que el matrimonio anterior de “El Asesino” aún no era anulado legalmente, lo que lo ponía en una posición de bígamo.

 

 

La carrera de Jerry Lee Lewis se estancó. A sus actuaciones solo siguieron yendo un puñado de incondicionales y su afición al alcohol y las drogas escaló, llegando a poner su vida en riesgo en varias ocasiones. Los escándalos tampoco se detuvieron: Jerry fue arrestado en numerosas ocasiones, una de ellas por ir armado y estrellar su vehículo contra la reja de la mansión de Elvis Presley, o por disparar ¿accidentalemente? a un músico de su banda en medio de una celebración.

 

 

Pero The Killer nunca se rindió. Al mismo tiempo que su vida se movía entre desgracias mayores —la muerte de dos de sus hijos—, matrimonios rotos —siete hasta el día de hoy—, y de todos los excesos posibles, nunca abandonó la música, renaciendo varios años después y recuperando su posición como uno de los verdaderos pioneros y el primer rebelde del rock and roll. Hoy en día, a sus 84 años, sigue presentándose en vivo, aporreando el piano, y con una vida que nunca ha abandonado del todo el lado salvaje (hace cinco años se casó por séptima vez, tras robarle la mujer a su primo, quien además es uno de los músicos de su banda de acompañamiento).

 

 

Fuente de inspiración, de genialidad y de excesos, la vida de Jerry Lee Lewis es una de las más controvertidas y excitantes del rock and roll, no por nada ha sido adaptada al cine (“Great Balls of Fire” de 1989, protagonizada por Denis Quaid y Wynona Ryder) y convertida en una de las mejores biografías del rock (“El Fuego Eterno” de Nick Tosches). Admirado hasta la devoción por músicos de todos los estilos, incluyendo a los Beatles y los Rolling StonesKeith Richards pone en su camarín antes de cada show un altar con velas y un cuadro en que Jerry Lee Lewis aparece con un vaso de whisky equilibrado sobre el micrófono—, el legado y el fuego de Jerry Lee Lewis no parece extinguirse.

 

 

MELODÍAS DE AMOR Y VENDETTA A LA SICILIANA

MELODÍAS DE AMOR Y VENDETTA A LA SICILIANA

Hablar de bandas sonoras a veces resulta complicado, muchas personas pasan por alto la música en películas pensando incluso que son simplemente un adorno en ellas o que están hechas para rellenar momentos “muertos”. Hay otros que creen que la música tiene una mera función técnica o estética dentro de un filme.  Independiente de lo que pensemos, es innegable que existen bandas sonoras que trascienden e incluso llegan a ser más grandes que la película o simplemente resulta inimaginable recordar una película sin asociarla con su música (y no me refiero precisamente a musicales).

Tratemos de recordar alguna de las obras de Tarantino sin su música. Sin duda que resulta imposible. Es como quitarle los colores y sólo recordar imágenes carentes de vida. Este es el caso de una banda sonora que, al son de sus primeros acordes de su título principal, nos sentimos trasladados al siglo pasado y al corazón de la mafia italiana. Creo que ya saben de qué película estamos hablando, ¿no? ¡Correcto! El Padrino (1972) de Francis Ford Coppola y su brillante música compuesta por NinoRota.

 

 

Nino Rota, cuyo nombre real era Giovanni Rota Rinaldi, fue un niño prodigio para la música que desde temprana edad mostró su talento. Nino estudió en el conservatorio de Santa Cecilia en Roma y posteriormente terminó sus estudios siendo becado en el Curtis Institute en Philadelphia, EEUU. Durante su vida compuso óperas e innumerables bandas sonoras, siendo el compositor frecuente de muchas de las películas del talentoso Federico Fellini. (Si no han visto películas de Fellini deben ir de inmediato a buscar alguna, pues son maravillosas.) Sin embargo, fue con Coppola con quien obtuvo el máximo reconocimiento internacional.

 

 

El Padrino es una obra de arte por donde se mire. La adaptación del libro de Mario Puzo llevó las películas sobre la mafia hasta un nivel virtualmente inalcanzable. (Recordemos además que el mismísimo Mario Puzo trabajó con Coppola para la adaptación del filme.) Sin embargo, la guinda de la torta se la daría Nino Rota con un soundtrack que hasta el día de hoy permanece en el inconsciente de generaciones que crecieron con la imagen de Don Corleone (Marlon Brando), la de Michael (Al Pacino) o la de Sonny (James Caan), por mencionar algunos. Debemos mencionar que Rota no fue elegido al azar; Coppola necesitaba un músico talentoso que pudiera plasmar de la mejor manera posible la esencia siciliana en su obra y Nino resultaba ser el candidato ideal por sus ya mencionados créditos en los filmes de Fellini y su reconocimiento como un virtuoso de la música.

 

 

Sólo de recodar el maravilloso “The Godfather’s Waltz” se me pone la piel de gallina. Esta composición es bastante peculiar, pues a pesar de ser un waltz, su melodía es más bien triste o nostálgica, como si de alguna manera nos adelantara que la buena vida de los Corleone está a punto de correr algún riesgo. Sin embargo, hacia el minuto 2’30, el waltz renace con más vitalidad haciendo notar que los Corleone no se quedarán de brazos cruzados. Este tema es usado en diversos momentos durante la película, pero creo que como tema de título ya marca el tono de lo se viene en la película.

 

 

Otra de mis composiciones favoritas dentro de la película es “Apollonia”. Otro tema lleno de nostalgia y de esa belleza italiana que pone los pelos de punta. Recordemos que Apollonia es la primera esposa de Michael Corleone, interpretada por la bella actriz Simonetta Steffanelli y, bueno, sabemos qué ocurre con ella durante la estadía de Michael Corleone en Sicilia. A pesar de ser un personaje que tiene un pasaje breve dentro de la narrativa, esta juega un rol fundamental en reflejar el amor dentro del mundo de Michael. Un amor que nunca es sencillo, un amor que le es un tanto esquivo y que, al mismo tiempo, le hace temer, pero que lo necesita para enfrentar el futuro. Es Kay Adams (Diane Keaton) quien logra llenar ese vacío, pero siempre con esa dosis de incertidumbre, pues durante el transcurso del drama vemos como la inicial figura iluminada de Michael se va haciendo cada vez más gris.

 

 

Finalmente, “The Godfather Finale” le da un broche de oro a la película. El waltz ahora suena con coros angelicales como divinizando la figura del nuevo Don y que al mismo tiempo de van mezclando con ese romanticismo y misterio de lo que está por venir. Incluso me atrevería a decir que incorpora unos tonos casi de terror, como presagio de que el futuro del Don no será nada fácil.

Creo que los tres temas señalados reflejan de manera perfecta la trama central de El Padrino. La traición, el amor, el miedo son los hilos conductores de una envolvente trama que nos atrapa y nos arrastra hasta llegar a identificarnos con algunos de los personajes, incluso llegar a empatizar con ellos. Nino logró su objetivo y Coppola supo sacarle el mejor provecho posible, y se lo agradecemos.

 

 

Sólo para terminar, una pequeña anécdota. Nino Rota fue nominado al Oscar por su musicalización. Sin embargo, fue descalificado, pues basó sus composiciones en temas que ya habían sido utilizados anteriormente en otras películas, pero que eran de su autoría. Después de mucha negociación, el galardón finalmente llegó con la entrega de la segunda parte de la trilogía.

Vean El Padrino, no se arrepentirán, y si ya la vieron, véanla nuevamente. Es una oferta que no podrán rechazar.

 

 

 

Tres notas sobre King Crimson: Un primer día en la corte  (I)

Tres notas sobre King Crimson: Un primer día en la corte (I)

En algunos meses se cumple medio siglo de la publicación de In the Court of the Crimson King. Con ese disco se iniciaba una historia que todavía parece seguir abriéndose, con bifurcaciones, detenciones, senderos de aparente continuidad y tramos discontinuos que la interrumpen. Su tan esperada visita a nuestro país, programada para octubre de este año, parece hacer indispensable trazar unas notas, dar un vistazo a una discografía irregular, rigurosamente irregular, como pocas que hemos tenido la oportunidad de apreciar en esta última cincuentena de años. Discos extraños, en extremo singulares, que inician una jornada con un vistazo –o más bien, una escucha– de golpe, a esa corte del Rey Carmesí.

 

 

 

Su primera formación empezó ensayando en enero de 1969, para debutar en abril de ese mismo año. In the Court of the Crimson King, que vio la luz el 10 de octubre de 1969, nos depara una primera escucha impactante, en varios sentidos. Es un disco muy duro, imantado por esa extraña mezcla de blues, cuyos extremos podrían ser los primeros trabajos, de esa misma época, de unos Blue Cheer o unos Family. Pero la pesadez de los riffs que definen el tema que abre el disco –“21st Century Schizoid Man”– y los rasgos de psicodelia, completamente inesperables, que se extienden hasta llegar al broche final con “In the Court of the Crimson King, conviven sin mediaciones con la dulzura y con la desolación entremezcladas en “I talk to the Wind” o en “Epitaph”. No es raro que la hermosa balada “I talk to the Wind pueda parecer un primer quiebre, una primera marca de esa coexistencia que deja sus huellas en In the Court…Una vuelta de tuerca a un tema aparecido en el primer y único álbum de Giles, Giles and Fripp, The Cheerful Insanity of Giles, Giles and Fripp, publicado por Deram Records un año antes de la formación de King Crimson, posee un aire casi bucólico, plagado de muchas voces y marcado fuertemente por los vientos – que anticipa esa atmósfera de las primeras placas de los canterburianos de Richard Sinclair, Caravan.

 

 

Un preámbulo de hard rock lento, pesado y machacón da paso entonces a un aire de folk, que con la dulzura de sus vientos nos puede decir al oído, desorientándonos: “Le hablo al viento / Todas mis palabras se las ha llevado / Le hablo al viento / El viento no oye / El viento no puede oír”. Si todavía hay dulzura, ella está crecientemente teñida con “confusión, desolación”, como quien “está afuera mirando hacia adentro”. Al dar el paso siguiente, el tono irá cambiando, introduciendo más desconcierto para un disco que nos hace transitar de un extremo a otro, y que quizá nos muestra ya las modulaciones que darán forma a esta historia de sonoridades irregulares, que no dejan de ser la construcción misma de una sonoridad extraordinariamente singular. “Epitaph”, el tercer corte de este primer disco, da una de las claves más conocidas para esta oscilación anímica, para la verdadera ciclotimia que anima al larga duración. “La confusión será mi epitafio / Mientras me arrastro por un camino agrietado y roto / Si lo hacemos, todos podemos sentarnos / Y reír / Pero me temo que mañana estaré llorando / Sí, me temo que mañana estaré llorando / Sí, me temo que mañana lloraré”.

In the Court of the Crimson King es un disco irregular, incluso una seña para toda una posteridad. Pero es un disco redondo, globalmente irregular. Y ese quizá sea su fuerte. Grandes masas sonoras, donde los momentos casi al unísono entre las cuerdas y el mellotrón, solo permiten discernir las diferencias tímbricas, se entrelazan con inesperados asomos de tranquilidad o de calma espacial, que incluso podrían ser cercanas a la desolación del espacio que habría inquietado a un H.P. Lovecraft bajo el nombre de “horror cósmico” ( podemos pensar en el cuarto tema del disco, “Moonchild” ). Un disco fuerte, pero tenue a la vez, como si estuviera lleno de ira, pero como si no fuera más que tristeza. Como el mismo arte de la portada del disco, una pintura de Barry Godber, que quizá podría decir mucho. El rostro de la portada (¿de afuera?) es el del Hombre Esquizoide, en el interior (¿el adentro?) vemos al Rey Carmesí. Robert Fripp nos recuerda sobre esa primera portada: “si cubres la cara sonriente, los ojos revelan una increíble tristeza. ¿Qué más se puede agregar? Refleja la música”.  

 

 

¿Quién es King Crimson? En este primer intento: Robert Fripp, Michael Giles, Greg Lake e Ian McDonald. Un quinto miembro, Peter Sinfield, será el encargado de las líricas, del diseño y la iluminación de la banda en escena y en un sentido estricto, del concepto mismo de las más tempranas encarnaciones de esta banda de gitanos, de este pueblo nómade. Fue él quien acuñó el nombre para este Rey de extraña cabeza; no es muy claro si se trata del príncipe de las tinieblas o de un monarca cuyo calificativo vendría de un reinado sangriento. Lo cierto es que como sucede cuando se marcan lugares inciertos lo mejor es dejar la puerta abierta a la imaginación. Extraña cabeza del rey. Si salimos de su primer disco y nos acercamos a su segundo larga duración, In the Wake of Poseidon (1970) encontraremos varias similitudes con su predecesor. También hace gala de un ánimo maníaco-depresivo, contrastando momentos serenos que revelan no ser más una especie de ánimo contenido en medio de la explosión. La formación ya no es la misma, pese a que Greg Lake ha mantenido las voces sin ser ya parte de la banda, y Giles y McDonald también han dejado a Fripp. Empezará una rotación habitual y acelerada de miembros, lo que llevará a considerar muchas veces a Fripp como el líder o incluso a identificar su nombre con el de la banda.

 

 

Con una nutrida sucesión de formaciones –por ejemplo, una primera que duró un año, una segunda que no durará dos años, una tercera que durará poco más de dos años, solo por mencionar el primer y corto tramo de su recorrido–, e incluyendo modificaciones internas en cada una de ellas, todo nos haría pensar que Robert Fripp es el amo y señor, el verdadero Rey en la corte. Sin embargo, en más de una ocasión Fripp ha podido decir que Crimson es algo que lo supera con creces, a lo cual debe responder y que lo convierte en un instrumento más. ¿ Fripp, un caballero más en la Corte? Cuando Greg Lake dejó la banda, poco después de la aparición de su primer disco, y tentado por el lugar que le deparaba la naciente Emerson, Lake & Palmer, lo hacía justamente por su impresión de que Crimson se descomponía. Y si miramos la historia, podríamos decir que no deja de hacerlo en cierto sentido. Para Fripp siempre es algo más poderoso, “demasiado importante como para dejarlo morir”. Fripp quisiera creer que se trata de descubrir qué es lo que hace sobrevivir a Crimson.King Crimson tiene una vida propia, pese a lo que sus miembros digan y hagan”. Incluso, el enorme interés que suscitó desde su perentoria disolución de 1974, que mantuvo a la banda inactiva durante cerca de seis años, hace creer que hay una energía potencial disponible, que alimenta a la banda manteniéndose en un extraño estado de suspensión.

La irregularidad de King Crimson sólo puede ser entendida en un sentido positivo: hacer de cierta deformación de las reglas un atributo y una forma de rigor. Si se puede escuchar un hard rock en estado naciente, un aire de folk nostálgico con las comedidas dosis de ironía sorpresiva gracias al revestimiento psicodélico, no por ello dejamos de sentir en su primer disco ciertos arreglos armónicos como los de los Beatles, ese sonido con que se calificó como rock sinfónico (algún Procol Harum o incluso los Moody Blues – hay que culpar al sustain del mellotrón, pero ya hablaremos de ello…), pero sumándole a todo ello dosis de distorsión, saturación, y una extraña y ya notoria orientación por la improvisación hecha a imagen y semejanza de la improvisación jazzística. Este primer disco prefigura una serie de dificultades para quien escucha, y sobre todo para quien intenta escribir sobre esa escucha. Quizá sea mejor pretender no saber nada de antemano al hablar de King Crimson. Y ese sería, quizá sin excepciones, un enunciado que tendría que valer para cualquier banda o para cualquier tipo de música. ¿Rock? ¿Rock progresivo? ¿Progresivo respecto a qué? ¿variante progresiva del rock? ¿Rock experimental? ¿Ni siquiera rock? ¿Estamos en presencia de qué?.

 

 

 

Varias veces se ha hecho alusión a los primeros shows británicos y estadounidenses de la banda, unánimemente calificados por quienes asistieron y los reseñaron, como un increíble muro sónico, al punto de eclipsar a los actos de las bandas a quienes teloneaban. En julio de 1969 telonearon a Rolling Stones frente a un público que se estima alrededor de las 500 mil personas en el famoso concierto gratuito del Hyde Park. Alan Lewis pudo reseñar en el Melody Maker, en ese mismo año, a propósito de un recital junto a The Nice, que Crimson era “increíblemente pesado”, y que en escena creaban “una atmósfera casi abrumadora de poder y maldad”. Ed Ochs, de Billboard, reseñó así una de sus noches en el Fillmore East compartiendo cartel con Fleetwood Mac y Joe Cocker: King Crimson, pariente real y compañero pesado de Deep Purple, superó a Joe Cocker y Fleetwood Mac por 10 toneladas a dos …cuando el nuevo grupo de Atlantic hizo chocar un volumen desgarrador con un jazz bien integrado, produciendo una explosión sinfónica que hacía que la escucha fuera compulsiva, si no acaso peligrosa. King Crimson solo puede ser descrito como una pesantez monumental con toda la majestuosidad y tragedia del infierno. King Crimson nos hizo entender el punto de su filosofía musical con el volumen tan alto en sus amplificadores que, si hubieran sido mantas eléctricas, todos habrían muerto a la parrilla”.

Como toda banda interesante, Crimson define de un particular modo su propia ortodoxia: mantenerse en la exploración de límites que ella misma ha ido abriendo, acogiendo un diálogo indirecto con su herencia, para trazar sus propios pasos. Pasos que, en su caso, son más o menos impredecibles de tanto en tanto. Con enorme esterilidad se ha querido ver en King Crimson un caso de “rock progresivo”: ese universo disperso de bandas con idearios distintos, pero la mayor parte con estructuras y formas extremadamente complejas y con temas que superaban los 10 o 15 minutos. Bandas que para más de algún crítico o auditor tienen en común haber empezado a entrar en decadencia hacia mediados y finales de los años 1970, ad portas de la aparición del punk. La salida de Peter Gabriel de Genesis, posterior al Lamb lies down on Broadway, el cambio de sonido de Yes con posterioridad a la salida de Rick Wakeman en 1973, para desembocar en Going for the One (1977) o en Tormato (1978), con un corte mucho más asimilable, la disolución de Emerson, Lake & Palmer en 1977, la extraña conversión de Gentle Giant en Giant for a Day! (1978), parecieran poder ponerse a un costado de la primera disolución de Crimson en 1974, luego de la gira de Red. Pero lo progresivo de Crimson quizá no obedezca a una cuestión de género o de estilos compositivos compartidos. Si bien podría ser calificada como una banda de culto, lo es más por haberse creado seguidores que se definen como incondicionales, pese a las transformaciones evidentes de la banda o a la alta rotación de sus músicos. En más de una ocasión, el mismo Fripp ha distinguido entre una música para la cultura de masas y una música popular. King Crimson sería popular, en el sentido en que permitiría avanzar –progresar– en aspectos poco convencionales para el oyente. Progresiva, más que una música para “entendidos” o para un público savant. Progresiva porque popular, tal como podrían serlo los primeros dos álbumes de PIL, o varias cosas de Wire, The Pop Group o Ultravox.

 

 

SANTA MONICA – MARCH 1972: Guitarist Robert Fripp of the progressive rock band «King Crimson» performs onstage with his Gibson electric guitar at the Santa Monica Civic Auditorium on March 1972 in Santa Monica, California. (Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images)

 

¿Quién es King Crimson? ¿O qué es? Una extraña banda que ha hecho época, en el sentido más fuerte y más completo del término: a ratos pareciera que se adelanta, que las épocas le quedan en algo cortas… que se aventuró a hacer lo que quiso muchas veces pagando los costos y asumiendo los riesgos. Experimental, es decir, música popular en el sentido de una que se sigue pensando en la descomposición de las formas mismas –ellas mismas variables– de la música popular, del rock. Un monstruo sorprendente que se resiste a ser un dinosaurio, sin dejar de saber que lo es, como canta Adrian Belew, convencido, pero algo perplejo, enDinosaur”, de THRAK, el undécimo disco en estudio de Crimson, aparecido en 1995:

“Parado en el sol / Idiota savant / Algo como un monumento / Soy un dinosaurio, alguien está desenterrando mis huesos / Oh, cuando miro al pasado / Me sorprendo de que no me haya extinguido todavía”.

 

ÁLBUM 6 : POR UNA CUECA EXPERIMENTAL

ÁLBUM 6 : POR UNA CUECA EXPERIMENTAL

Por una cueca experimental, mi alma, me perdí de bailar en las fondas de mi juventud.

Por una cueca sónica, ay sí.

Por una cueca que no fuera trillada, mierda, no escuché cueca.

Y no quiero, no quiero decir nada de qué es la juventud. Y no quiero, no quiero decir por qué es imposible encontrar en nuestros dispositivos de música esa larguísima tradición de composiciones cuequeras que sí existe y que le mete electricidad, le baja el pulso, le cambia la rima, le quita el habla, le agrega voces de mujeres, le suma sílabas, le interviene sus 3/4 o o sus 7/8, sólo que tenía catorce cuando decidí que sí, que iba a seguir yendo a las fondas con la familia y con los amigotes y con las vecinas y con los compañeros y con el grupo y con el taller y con el partido y con los desconocidos y con la extranjería compatriota, pero no iba a bailar más que una cumbia o algún sound o un axé o una bachatita, pero no la cueca, no; ya me habían enseñado tantas veces los pasos en forma de ocho y de acoso –¿por qué no de signo infinito, profe?–, y haber bailado una era haberlas bailado todas, y esas letras eran siempre burlas, desprecios, desconfianzas y agresiones, y si había podido agarrar mi guitarra para repetir los ocho compases por una vez ya había contenido en mi canto a la Violeta, a La Voz del Pueblo, a la Margot y a José Zapiola y a la Petronila.

 

 

Por una cueca experimental, mi alma, no quise entender el valor que la repetición y las formas rígidas deben tener para la construcción de una comunidad nacional.

Pero entendí que esa comunidad estado-nacional tenía el monopolio de la educación y de las armas, ay sí.

Y de la imaginación.

 

 

Por una cueca que no fuera emitida una vez más por el único parlante de ese septiembre que ha zapateado su sangre y polvadera del 11 al 19 en círculos concéntricos y vuelta, por esa cueca ofrecí el oído a lo que comenzara namás de la distorsión y terminara namás en un sonido que no pueda escucharse por las orejas y vuelta, ofrecí la escucha a lo que se aprenda sin disfraz, sin saberes de huasos y de chinitas –estereotipos del mando medio y de la xenofobia–, sin simulaciones de campesinado cuando el campo es pura cuestión capitalina, pesticida, semilla patentada y rodeo.

 

Por una cueca de raíz meridional, gitana, negra e indígena, ay sí, que compartamos las personas de Chile con las de Oaxaca, con las de Bolivia, con las de Argentina, y que la palabra folklore siga siendo un extranjerismo y no tírate un pie.

Por una cueca cuya etimología sea chueca en vez de clueca, ch-hueca.

 

 

Por una cueca que comience en un solo de guitarra eléctrica y cierre con sintetizadores, con un big beat y motosierra, en la ultratumba de todas nuestras muertes bajo la Recta Provincia y todas nuestras celebraciones de que estamos vivos en el mar y cordillera, risa y encuentro de bailarines.

 

 

Por una cueca experimental exijo la liberación de nuestro baile y nuestro oído nacional.

 

DISPARA USTED: CARLOS MÜLLER

DISPARA USTED: CARLOS MÜLLER

Abrimos este telón de entrevistas con el destacado fotógrafo musical oriundo de San Pedro de La Paz, Concepción, Carlos Müller Cáceres, quien fuera elegido por la banda The Rolling Stones en su último paso por Chile para retratarlos en su show, de aquel concierto destaca una foto, en la que sale Mick Jagger y Keith Richards abrazados, retrato que nueve meses después del concierto es elegida para la portada de la revista Rolling Stone del año 2016, para las ediciones de US, Japón, Australia, India y Brasil. 

Autodidacta de formación ha trabajado con las bandas nacionales como: Los Tres, Los Jaivas, Quilapayún, Illapu, Los Bunkers, Francisca Valenzuela, Nicole, entre otros. Internacionalmente ha trabajado para The Rolling Stones, Cat Stevens, Fito Páez, Pedro Aznar y Kevin Johansen. 

Sus imágenes han sido publicadas en El Clarín (Argentina), El País (España) y The New York Time (US), en los libros «La última canción» (biografía de Los Tres), “Maldito Sudaca” (conversaciones con Jorge González), ”Exijo ser un héroe» (biografía del grupo musical Los Prisioneros). “La Vida Mágica de Los Jaivas” (biografía del Los Jaivas), “Cancionero Ilustrado” (Los Jaivas), “Los Jaivas Medio Siglo”, “Canciones del Fin del Mundo”, “La Diversidad es Tuya” (biografía visual del Teatro Nescafé de las Artes). 

 

 

 

KJ ¿Cómo y por qué comenzaste en la foto musical?

CM: En la adolescencia, en primero medio me tocó ir a un concierto de una banda que me gustaba mucho, entonces pasó que la primera parte del concierto lo pase muy bien disfrutando y la segunda parte empecé a sufrir porque sabía que iba a terminar luego, uno de mis hermanos que estudiaba arte, en su carrera tenía un ramo de fotografía y por ese tiempo estaba practicando con fotografía blanco y negro, entonces empecé a descubrir un poco que la solución para que el concierto continuará, era registrarlo, pero como una cosa mía, al tiempo tuve una cámara de foto y empecé a hacer fotos, recuerdo que el primer rollo me duraba 1 mes y ese rollo tenía muchas cosas distintas había una parte de ese primer rollo que tenía un concierto eran unas 6 fotos, entonces empecé a ir a conciertos en esa época. 

 

KJ: ¿De qué año estamos hablando?

CM: Del año 89-90. 

 

KJ: ¿Estudiaste Fotografía?

CM: Para nada, empecé a hacer fotos en enseñanza media, lo principal que hice en esos años era que el colegio tenia un festival de la voz el 15 de agosto para el aniversario de los Salesianos de Concepción y siempre llevaban una banda para el cierre del festival, han estado Illapu, Los Prisioneros, Los Tres, el concierto que alcance a ver dentro del aniversario del colegio fue Illapu y esa fue la primera vez que fui con la cámara análoga que me prestó mi hermano, llevaba un juego de lentes, quedó bastante aceptable el resultado del rollo que tome esa vez, también fui por primera vez a un concierto de Los Prisioneros, por esa época era la gira de promoción del disco Corazones y ahí ya tomé fotos con la cámara de “la familia”, era una cámara súper chica, cuadradita el rollo quedaba casi justo, súper práctica y tome una mierda de fotos, quedaron todas movidas no sabía como regular la cámara pero tuve ese impulso de estar entremedio del público, avanzar y tomar fotos, cuando estaba en la Universidad del Bío-Bío estudiando ingeniería había una actividad extra programática de fotografía y me metí ahí. 

 

                                                             Jorge González

 

CM: Por esa época comencé a ir cuanto concierto había en Concepción, de público, no tenía idea que iban fotógrafos a hacer fotos a los shows.  Me acuerdo de Illapu, Inti Illimani o Congreso en ese tiempo estaba escuchando ese tipo de música, me conseguía la entrada o concursaba en la radio, lo que pasa que es muy predecible concepción hay como dos o tres radios que cuando hay conciertos siempre en esas radio promocionan los shows y ya cachaba que por ejemplo si esa tarde había un concierto de Inti Illimani sabía que en la mañana o a mediodía iba a estar la banda en esa radio y que la iban a entrevistar y hacían concursos para regalar entradas, estaba preparado para concursar, y siempre me ganaba las entradas, iba a los conciertos con mi cámara, en esa época no te decían nada por entrar con la cámara o de repente pasaba que iba a un concierto solo con la cámara y llegaba donde la gente que estaba cortando los tickets, pasaba con la cámara y decía que era fotógrafo de prensa y pasaba, era otra época. 

Igual era raro, los fotógrafos de diario que habían en esa época eran de 50 años para arriba entonces un cabro de 20 metido ahí con una cámara grande era extraño no era lo cotidiano, hoy está llena la calle de muchachos con cámara. 

A poco tiempo de ir a tantos conciertos empecé a conocer gente y conocí a gente del diario entonces quise meterme a trabajar al diario porque sabía que tenía muchas trabas para entrar a los concierto, pero cuando decías que eras de prensa se te habrían todas las puertas, era el interés de tener en la espalda un medio. Entonces me metí un verano a trabajar, estuve como dos meses y medio gratis, obviamente me daban de pega “lo que boto la ola” como dicen, las fotos que nadie quería hacer, fotos que no necesitan mucha técnica. Al tiempo tenía todas las puertas abiertas para hacer lo que quisiera desde ir a los conciertos o fotografiar a músicos. Y paso que cubrir conciertos para los fotógrafos del diario era muy complejo, ellos entraban a las 8 de la mañana a hacer su turno y terminan hecho bolsa a las 6 de la tarde entonces ningún fotógrafo quería ir al concierto a las 9 de la noche a esa hora ya estaban reventados, me convertí en el que cubría todos los grandes conciertos que pasaban en Concepción en esa época, como por 5 o 6 años. 

 

 

 

KJ: ¿De qué diario estamos hablando?

CM: En ese tiempo se llamaba Crónica que era una especie como la cuarta en cuanto a formato y público objetivo y El Sur que es como la copia de El Mercurio o trata de copiarlo, para esos dos trabajaba, hasta el día de hoy soy muy amigo de los dos editores de espectáculo de los dos diarios y tenía la chance de hacer fotos donde quisiera tanto de entrevista y de artistas de conciertos. 

KJ: ¿Por qué crees que las bandas te eligen como fotógrafo?

CM: Eso habría que preguntárselo a las bandas, no sé en realidad hasta hace poco había pocos fotógrafos haciendo esa pega, a veces no podía cubrir un concierto importante y después me daba cuenta que nadie fotografío ese show y cuando no sé hay como 6 escuelas para estudiar fotografía, está la gente autodidacta igual que yo, quizás es falta de interés, claro que hay cosas que le interesan a uno, hay cosas interesante de registrar por el carácter histórico que tiene un concierto y pasan como si nada, no hay registros. 

 

KJ: ¿Cuál fue tu primer encargo fotográfico?

CM: No recuerdo mucho, pero desde que empecé a fotografiar bandas no partí en circuito chico para llegar a un circuito grande, sino que partí en un circuito grande al tiro, yendo a fotografiar a los grandes conciertos de concepción, lo primero que me paso fue el año 2002, la revista Rolling Stone tenía una versión chilena, la revista venía cocinada como en 40% de estados unidos, el otro 40 se hacía en argentina y el otro 20% se hacía en Chile, en diciembre la revista llevaba el personaje del año en la tapa, ese año en que había edición chilena porque duró muy poco, la tapa fue de Los Búnkers y ese reportaje lo hizo la Marisol García que viajó a Concepción, estuvo con la banda varios días y consiguieron material inédito, igual era una banda nueva así que no fue difícil conseguir material antiguo o de los inicios pero ella también necesitaba tener material en vivo de buena calidad, la banda se acordaba de mi y ese fue como el primer encargo, no me pagaron pero ya tenía una capacidad de negociación, les dije yo compro la revista todos los meses por último si no tienen para pagar denme una suscripción, me llegó por un año gratis. 

 

 

KJ: ¿Con que bandas trabajas?

CM: En este momento no es que sea el fotógrafo de cabecera de nadie, he trabajado con muchas bandas y músicos no hay una banda o artista que necesite fotógrafo constantemente por ejemplo Los Jaivas me llaman cuando hay algún concierto grande igual ellos tocan harto y a veces no hay mucho atractivo en ir a registrar un concierto a alguna ciudad, pero si hablamos de un libro de Los Jaivas quizás en esos hitos ellos tienen perfectamente claro que tienen que tener buenos registros y me llaman, Los Jaivas tienen muchos amigos por todos lados y siempre hubo alguien que les tomo foto sin ellos planearlos o había un amigo que tenía una cámara de cine y los filmó. 

 

Algunas bandas con las que has trabajo son: Los Tres, Los Jaivas, Inti-illimani, Quilapayún, Illapu, Los Bunkers, Francisca Valenzuela, Manuel García, Los Pettinellis, Angel Parra Trio, Lucybell, Nicole, Astro, Alex Anwandter. Internacionalmente he trabajado para The Rolling Stones, Cat Stevens, Fito Páez, Pedro Aznar y Kevin Johansen. 

 

 

Manuel García (29 julio 2016) / Teatro Nescafe de las Artes – Santiago, CHILE.

 

KJ: ¿Qué papel cumple la fotografía en la industria de la música?

 

CM: Siempre ha tenido un papel importante porque la música suena pero no se ve, entonces una forma de que se vea la música es a través de la fotografía o del arte gráfico, pero en lo que respecta a nosotros la foto cumple un papel importante porque mostramos al artista, no hay que olvidar que en una época la gente solo tenía la tapa para saber quién era el artista y no había ni siquiera la posibilidad de ver al artista en televisión como para saber como era, estaba leyendo la biografía de The Beatles y en la época que ellos recién estaban partiendo y se estaban consiguiendo discos de las bandas que a ellos les gustaba, cuentan en la biografía que habían muchos artistas que tocaban temas de otros artistas y se hacían pasar por la banda, porque la gente no los conocía de cara, para que veas lo importante que es hoy en día ver quien esta cantando la canción, ese el papel importante de ver como se ve y como suena, ahí está el rol de la fotografía de mostrar al artista y también como elemento del marketing, hay gente que va a llegar a escuchar la música porque le gustó la foto o le intrigo la banda de como miraban estos tipos en la foto, hoy en día el valor que tiene el hecho de tener buenos registros de cuando toca una banda, si ese show no está registrado o si no publican fotos o vídeos en las redes sociales este show nunca existió o si ese show lo vieron 30 personas y lo registras lo subes a tus redes ese show lo va ver mas gente. 

 

 

 

KJ: Hablemos de The Rolling Stones 

CM: La banda hizo la gira latinoamericana y no trajo a su fotógrafo, lo que hace normalmente una banda es que viaja con su fotógrafo, ellos contrataron a un fotógrafo en cada una de las ciudades de la gira, en el caso de Chile solicitaron a la productora local entre todas las cosas que pidieron, un fotógrafo en Santiago, pidieron el book de tres fotógrafos para ellos decidir, a mi me avisaron de la productora que me iban a proponer un trabajo con una banda grande no me dijeron que banda era, esto fue 4 meses antes del concierto y me eligieron e hice las fotos. 

 

 

KJ: Eres el único fotógrafo chileno en llegar con una foto a la portada de la revista Rolling Stone

CM: Ni yo esperaba que una de esas fotos llegara a la portada de la edición de diciembre de revista Rolling Stone. Un amigo me avisó que estaba apareciendo la foto en la portada, pero yo no tenía idea. La hice para la banda, e imagino que está en el stock de fotos que ellos distribuyen de forma promocional. 

 

 

 

 

 

KJ: Explícame tus 3 formas de trabajar 

 

CM: La primera es ir acreditado por un medio de prensa ya sea para una página web o una radio, esta es el tipo de registro que es menos profundo por lo general, tiene muchas restricciones, la norma es que te dejan fotografiar los 3 primeros temas de un concierto, ellos designan una ubicación que tiene que ver con logística de ese momento, tiene que ver con que tan arrugado este el artista o que tan violento puede ser el público de la primera fila para ponerte ahí, a mi y a mis colegas nos han escupido, nos han tironeado, por lo bajo me han llegado palmetazos en la cabeza, entonces hay un montón de cosas que se analizan para ver dónde ubicar a los fotógrafos de los medios.

 

 

CM: Esto únicamente lo decide el artista, hay artistas que han dejado fotografiar un solo tema pero hay artistas que por ejemplo dicen los vamos a dejar fotografiar el tema 13, 14 y 15, recuerdo un concierto de Regina Spektor nos dejaron fotografiar el primer tema después del primer minuto, un minuto del tema, nos pusieron en una tarima super lejos, Regina Spektor gran parte del concierto lo hace sentada en el piano, nos pusieron al lado de la mesa de sonido todos con las cámaras para abajo dos personas con cronómetro a cada lado de la tarima, parte el primer tema y ellos parten con el cronómetro cuando el show va en el primer minuto se pueden levantar las cámaras y cuando se termina ese minuto tenemos que bajar la cámara y salir con guardias. Me gustaría saber la lógica de eso, por ejemplo, esa vez que nos dejaron fotografiar el tema 13,14 y 15, era un concierto de Charly García y tenía que ver con que Charly pasa mucho tiempo en el piano en los primeros temas e íbamos a tener siempre una foto estática de él en el piano, en cambio, en el tema demoliendo hoteles toca una parte en piano y en un momento se para, va al medio, aplaude con el público, y después se va a sentar al piano, entonces ahí tenemos la variedad,  y eso tiene una lógica. Lo otro no sé que lógica tiene. En el fondo es algo que elige la banda y tu registro va a ser bien limitado. 

 

 

La segunda opción es cuando eres fotógrafo de la productora, trabajo para Lottus la que hace el Lollapalooza y tiene varios conciertos durante el año, es un poco más flexible a mi como fotógrafo de la productora me permiten hacer fotos en otras partes del concierto, a las productoras les interesa obviamente mostrar que el concierto fue un éxito. 

Y la opción tres es cuando eres contratado por el artista, entonces ahí puedes hacer lo que quieras, te dejan fotografiar el camarín, camino al escenario, en la prueba de sonido, el concierto mismo de todo el ángulo que quieras, es lo que más me gusta a mi, el libre control. 

 

KJ: ¿Vas de gira con las bandas? 

CM: Ahora último no tanto, anoche estaba revisando unas cosas de Los Bunkers y me dí cuenta que un año la banda entre enero y marzo tuvo 47 shows, obviamente no los hice todos pero es cansador, es interesante mantener ese ritmo de gira de equipo humano viajando, de convivir con otras personas, conocí Chile con Los Bunkers. 

 

 

 

KJ: ¿Qué lentes ocupas?

CM: Tengo un conjunto de 3 lentes son los que más me acomodan, es un 50, un 16-35 y el 70- 200 mm. 

 

KJ: ¿Ocupas flash?

CM: El flash lo meto a mi mochila muy pocas veces, en una época empecé a hacer tocatas punk y ahí no tenía ninguna posibilidad porque a veces ni siquiera había luz y ahí si tenía que ocuparlo y ese mismo flashazo le daba toda una onda estética a la foto, en los conciertos por lo general no permiten usar flash por la molestia que provoca al público y al artista.  

 

 

KJ: ¿Has pensado en hacer videoclips, salir de la imagen estática?

CM: Lo he hecho en partes, he grabado trozos de vídeos que han terminado en videoclips, por ejemplo hay imágenes mías en un vídeo de Nicole (Nuestro Tiempo) otro de Gepe (Platina) que es corte documental y de Los Bunkers, hice una edición de un vídeo de esta gira larga de 47 fechas (Tour verano 2014 »La Velocidad de la Luz’’), gira que no sabía que terminaba con el receso de la banda hice un corto de formato documental. Me acomoda más el formato de vídeo clips documental más que de vídeo clips. 

 

 

 

KJ: ¿Por qué crees que en Chile hay pocos libros sobre foto de música?

CM: Porque siempre es más caro hacer un libro de fotos que un libro de texto, debieran haber más libros de foto musical, soy un fanático de los libros los colecciono. 

 

KJ: Solo has hecho una exposición en toda tu carrera ¿por qué?

CM: Nunca me interesó hacer exposición de fotos, estaba cerrado en una idea “que hoy en día no es necesario que la gente salga de su casa o vaya a algún lugar a ver la foto a un lugar en particular porque hoy está a un solo click en la web”, me lograron convencer que es muy distinto verlo en una pantalla a verla en papel detenida frente a ti el tiempo que quieras y lo hice fue una invitación de la gente de La Casa de la Cultura de Quilicura, me pareció interesante tuve el auspicio de canon que hizo las impresiones de las fotos y me lance no mas, me gusto mucho el resultado. 

 

 

 

KJ: Huawei te invitó junto a otro fotógrafo para recorrer Chile y probar la cámara de su último teléfono 

CM: Claro, segunda vez que una marca de teléfono de alta gama se acerca para que pruebe la cámara del teléfono, más allá de tener aplicaciones, hoy en día la máxima competencia que tiene un teléfono es la cámara, entonces cada vez tienen cámaras más sofisticada y para sacarle el máximo partido a las cámaras las marcas necesitan a alguien que les saque el jugo y demostrar que es buena cámara, pasa mucho que las marcas se acerquen a los fotógrafos para que prueben sus cámaras. 

Me tocó viajar a Chiloé estuve 3 días en el Parque Tantauco y 3 días en San Pedro de Atacama, éramos dos fotógrafos fuimos con Darwin Vera que es un fotógrafo de naturaleza y en el viaje al sur fue Pedro Astorga, el hace kayac y al norte fuimos con la actriz María José Bello, este fue un programa de Discovery Chanel, un comercial que duraba 1 minuto estuvo apareciendo entre abril y mayo, el slogan es “redefine las reglas de la fotografía con esta cámara”, por el zoom, la resolución y por la forma que tiene de captar los colores. 

 

KJ: ¿En qué estás ahora? 

CM: Estoy digitalizando todo mi archivo análogo que hice en mi primera época, yo creo que fueron como 10 años y estoy viendo fotos que nunca vi, en esa época tomaba un rollo cuando iba a conciertos, por ese entonces trabajaba en el diario y revelaba ahí, pasaba a papel un par de fotos, pero casi nunca las pasaba por completo a papel, me compre un escáner de negativos y estoy descubriendo cosas que estaban ahí, está apareciendo toda esa época de conciertos de Los Tres originales, de Los Bunkers cuando eran muchachos, Los Jaivas con Gato Alquinta, toda esa época donde no me perdí ningún concierto de esas tres bandas cuando pasaban por Concepción, lo estoy digitalizando un poco también para ordenarme en lo que tengo y bueno quien sabe lo que sale de ese material. 

 

KJ: ¿Qué música escuchas?

CMPor lo general escucho bandas que me tocan fotografiar y siempre estoy al tanto de lo que está sonando, ahora estoy escuchando a una banda de noruega que está cantado en inglés, se llama Boy Pablo hacen un indie pop, su vocalista es hijo de un chileno, también estoy escuchando a un músico inglés que es de padres senegaleses que se llama Michael Kiwanuka hace una mezcla de soul pero se le mete por los poros el folclore africano. 

KJ: ¿Tienes referentes fotográficos?

Me gustan los fotógrafos que trabajan con las bandas que me gustan, como: Bob Gruen o Annie Leibovitz, el fotógrafo de Los Beatles, Terence Spencer. En Chile, Jorge Gronemeyer, conozco su etapa ligada a la música, hizo todas las fotos promocionales y la tapa del disco Pateando Piedras de Los Prisioneros, me gusta harto su trabajo a pesar de que pareciera que hizo algo puntual en relación a la música, su trabajo va por otro lado, por la misma época está Cristián Galaz tuvo una época que pasó por la fotografía y después derivó en el cine hizo varios videoclips, también hizo las fotos promocionales de La voz de los ’80 y otras que son en diferentes lugares no sé si en el persa o en la vega, me gusta harto esa época de sesión de bandas ochenteras, también me gusta harto las fotos de un fotógrafo El Mercurio, cuando estaba chico en mi casa compraban el Wikén los viernes, y era esperar esa tapa porque siempre tenía que ver con algo actual. Un fotógrafo que aún trabaja ahí, se llama José Francisco Somalo, recuerdo muy buenas fotos de él de música, fue invitado para hacer las fotos del backstage del videoclip Tren al Sur, publicaron en el diario una foto muy bonita a Jorge González sentado en el tren apoyado con el codo en la ventana y frente a él a un camarógrafo grabando el clip. 

 

KJ: ¿Cuántos años llevas en la foto musical?

CM: Desde que tengo 14 unos 30 años. Profesional con boleta y todo 20 años. 

 

KJ ¿Qué opinas con que varios medios no acostumbren a poner el nombre del fotógrafo al lado de la foto (crédito) ?

CM: Lo primero es que esta muy mal pagado y muy mal acostumbrados los medios o quien contrata, en la sociedad chilena hay muy mala valorización del arte y para que hablar de la fotografía, la gente a veces peca de falta de conocimiento o falta de trato. Me escribe gente y me dice: «oye, me puedes mandar esa foto que subiste a Instagram, me la puedes mandar en alta por favor la quiero tener pero solo para usarla yo», piensan que es gratis no cachan que es un trabajo que tiene precio. 

El tema del crédito es algo que yo siempre he peleado, pero en realidad estamos hablando de algo que es ley, está contemplado dentro de la ley de propiedad intelectualidad, una vez tuve una discusión con un editor que me decía que él no ponía los créditos porque en realidad esa foto ya me la había pagado la productora, y esta ocupando la foto de la productora y que no tienen porque poner crédito si la foto ya estaba pagada, y hay un error de concepto grave porque la ley 17.336, indica que por más allá que te han pagado una foto o te hayan comprado una foto o hayas vendido los derechos de uso comercial.

 

Álvaro López

 

CM: El fotógrafo tiene el derecho de que tu nombre este puesto al costado de la foto, eso se llama derecho patrimonial, el derecho de autor tiene dos derechos, el derecho de autor es el que te pueden comprar y pagar y el derecho patrimonial es el que indica que tu nombre siempre tiene que estar asociado a tu foto de autor, te hayan pagado o no, y ese nombre al lado de la foto no es de quien te haya pagado la foto, del sello de la productora o del diario, la ley dice que va el nombre del autor, no puede decir Copesa, no puede decir cedida.

Ayer salió una foto de Gepe en La Tercera y decía Gepe. La foto era bien buena y quería saber de quién era, la foto decía como que la había tomado el mismo Gepe, pero la foto la tomó un fotógrafo. La ley dice que tiene que tener el nombre del autor y hay un desconocimiento en esto. Lo que más molesta de todo el tema, es que me ha pasado que mi foto va a dos páginas en una revista, el periodista va con su crédito y el fotógrafo no. Esa es una injusticia, es una falta de respeto. Lo que le decía a un periodista la otra vez , es que en un momento nos vamos a dar cuenta que por mucho tiempo se pasaron por el culo los derechos de los fotógrafos, ahora está normalizado que a nadie le importe, pero es sentido común ¿por qué el periodista pone su nombre y el del fotógrafo no? esto paso mucho en regiones. 

 

 

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THE STOOGES:  A CINCUENTA AÑOS DE LA EXPLOSIÓN.

THE STOOGES: A CINCUENTA AÑOS DE LA EXPLOSIÓN.

Acerca de Danny Fields se podría hacer un documental completo y, de hecho, ya se hizo. Mientras este publicista, periodista y empresario musical trabajó en el sello discográfico Elektra como buscatalentos, quedó impactado con la fuerza del show en vivo de la banda, hasta entonces desconocida, MC5. Se acercó a ellos para ofrecerles un contrato con el sello. “Si nosotros llamamos tu atención, espera a ver a los Stooges”, le respondieron. Así, Danny Fields asistió esa misma noche a ver un show en vivo de los Stooges, quedando absolutamente impresionado. Era increíble lo ruidosa y violenta que sonaba la banda liderada por Iggy Pop, un extravagante frontman que se arrojaba sobre el público, se esparcía crema de maní sobre el cuerpo y sangraba por las heridas que se autoinfligía con trozos de vidrio en el pecho desnudo. Fue así como, de una pasada por la ciudad de Detroit, Danny Fields fichó para Elektra Records a MC5 y a los Stooges. Meses más tarde, en agosto de 1969, y hace exactos cincuenta años, salió a la luz el disco debut de Iggy Pop y sus secuaces, el homónimo The Stooges.

 

 

 

Antes de firmar para Elektra y viajar a Nueva York para grabar el álbum, la banda se hacía llamar The Psychodelic Stooges y solían hacer shows con cinco temas, que llevaban una primera parte como canción convencional, más una segunda parte improvisada que solía durar varios minutos. Por eso, al momento de grabar el álbum, y bajo expresa exigencia de los ejecutivos de Elektra, tuvieron que componer en el hotel Chelsea —el día antes de entrar al estudio— cuatro canciones más y limitar las composiciones antiguas a una duración más convencional, a excepción de la hipnótica y siniestra “We Will Fall”, que registra una duración superior a los diez minutos. Así fue como quedaron inmortalizadas las hoy clásicas “1969”, “No fun” o la impagable “I Wanna be Your Dog”. Estructuras que se repiten una y otra vez, progresiones simples, como si se tratara de blues acelerados e hiper ruidosos, pero todo manchado con la fuerza de un sonido alucinante, heredero del garage sesentero y la psicodelia menos comercial.

 

El disco, a pesar de sus bajas ventas y de no ser realmente valorado al momento de su publicación, hoy en día es considerado un clásico, un disco de culto. El sonido de la banda quedó definido de una vez y para siempre, con esas bases rítmicas simples soportando el peso de una guitarra atronadora, pesada, distorsionada, todo esto sumado a la voz inconfundible de Iggy Pop como guinda del pastel. Escucharlo es sumergirse en una explosión de ruido, actitud y psicodelia.

 

 

La influencia de los Stooges, y de este disco en particular, en la música posterior es innegable. Es difícil pensar que el punk podría haber existido si este disco jamás hubiera salido a la luz. El atrevimiento y desfachatez de Iggy Pop sobre el escenario, el ruido, la suciedad, el peligro, son marcas que toda una generación tomó como punto de partida. Por algo los mismos Sex Pistols (“No fun”) y Joey Ramone (“1969”) versionaron sus canciones. Para qué hablar de “I Wanna be Your Dog”, canción fundamental que ha sido versionada por bandas tan reconocidas como los Red Hot Chili Peppers, Sonic Youth o Joan Jett, hasta por innumerables bandas punk y underground como El último ke Zierre, Parálisis Permanente y Las Vulpess (estas últimas cambiando el título por “Me Gusta ser una Zorra”). Pero no solo el punk rock ha sido influenciado por este álbum, sino también bandas de distintos estilos. Sin ir más lejos, Queens of the Stone Age son herederos directos del sonido de Stooges. Basta fijarse en el sonido de la guitarra en “I Wanna be Your Dog” para comprender de qué estoy hablando.

 

 

Si bien una de las mayores virtudes del disco es que presentaron un sonido que no tenía precedentes directos, la influencia de ciertas bandas no se puede desconocer. Me refiero a MC5, The Doors y la Velvet Underground.

De MC5, los Stooges rescataron el peso y la distorsión de la guitarra (destaca el uso insistente del efecto popularmente conocido como Wah-Wah); de los Doors tomaron la agresividad en el escenario de Jim Morrison —aunque llevada al extremo por Iggy Pop— además de beber de la misma fuente blusera como columna vertebral. Y no solo eso, pues recordemos que Elektra es el mismo sello que publicó el monumental disco debut de The Doors (1967) e incluso la portada de ambos discos debut tiene similitudes evidentes. Y, en tercer lugar, tenemos a la Velvet Underground. La banda del futuro amigo del alma de Iggy, Lou Reed, sembró una sonoridad intencionalmente cruda y desprolija que los Stooges supieron plasmar en este álbum. No por casualidad John Cale, miembro y segundo hombre al mando de la Velvet, fue el productor del álbum de Iggy y los suyos.

 

 

Lo que vino después fueron dos álbumes geniales: Fun House y Raw Power, discos que tal vez superaron en calidad al debut, pero la explosión en la cara del mundo fue este álbum, el primero de una trilogía brillante, fundamental para el nacimiento del punk e influencia absoluta para el hard rock y músicos de todas las tendencias. También vinieron las drogas, los excesos, la heroína, hasta que la banda —que en cierto momento pasó a llamarse Iggy and The Stooges— vio su fin en 1974. En el nuevo siglo los Stooges tuvieron su reunión, dando giras, tocando en festivales y lanzando álbumes, hasta su nueva y definitiva separación. Pero los discos siguen aquí, listos para explotar en la cara de quien los ponga a girar.

 

Joey Ramone and Danny Fields at a Lou Reed after show party at Jerry’s Restaurant in New York City on October 17, 1984. (Photo by Ebet Roberts/Redferns)
EN ESTADO DE GRACIA

EN ESTADO DE GRACIA

 

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En ese mismo sendero, el blues es su gran influencia, palpitando en todo su trabajo. Jeff Buckley es un músico que lo practica con todas sus letras al momento de componer, cantar y tocar la guitarra, pues comprende cada uno de sus códigos, y posee su sentimentalismo y crudeza. Su lenguaje es poético, su estilo personal, canta y escribe con las penas del diablo; exorciza, y crea belleza. Grace es su máxima, huele a música del alma.

En Grace lo de Buckley es implícitamente ambicioso y perfeccionista. Toma referentes estilísticos clásicos para reconfigurarlos a su medida, casi siempre desde lo eléctrico. Mostrando credenciales, su voz tenor lo lleva a elegir tres diversas canciones ajenas para interpretar, porque Buckley es muchas veces un cantor cuya voz y Telecaster son capaces de hacer a Cohen o a Holiday; hombre o mujer, jazz o rock; blues o folk; amor, soledad; lo sagrado, lo pagano; la vida y la muerte; así es el imaginario y el repertorio del que canta, solo determinado por el acto en sí.

 

 

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MOJO PIN: La primera afirmación de todo lo que esbozamos al inicio; acordes emergiendo desde el silencio, la voz de Buckley evocando recuerdos y sensaciones: reconstruyendo una escena, una cama, un tacto. Su canto comienza a entrar en la ensoñación propia del delirio de quien necesita a alguien que, sólo puede ser sustituido, de forma pasajera, por ese “Mojo pin”, al que alude: “if only you’d come back to me, if you laid at my side, wouldn’t need no mojo pin, to keep me satisfied. Y regresamos a la realidad, en un estallido de guitarras y el coro: “Don’t wanna weep for you, don’t wanna know, i’m blind and tortured, the white horses flow, the memories fire, the rhythms fall slow, black beauty i love you so”. Su canto siempre en el lamento, un fraseo ligero que se suelta de su boca para ir más alto donde su registro vocal agudo y emotivo sube y baja una y otra vez. Jeff nos está cantando un blues todo el tiempo, entendiendo el blues como el canto del alma y nos está hablando de la esencia de todo esto al decir: “born again from the rhythm screaming down from heaven”, una idea que ronda en otras canciones.

 

 

 

GRACE: Remece desde los primeros acordes, describiendo un encuentro, la muerte, el amor, el renacer a algo. Quién sabe. Un tiempo ha llegado. Así lo describen los versos : “There’s the moon asking to stay / Long enough for the clouds to fly me away / Well it’s my time coming, i’m not afraid to die”. Mientras que en el siguiente verso, nuevamente la impronta de quien entiende el hecho de cantar, de portar la voz: “My fading voice sings of love, But she cries to the clicking of time, Of time”. Potente melodía electroacústica, configurando a su manera el rock y el folk. El medio tiempo siempre balanceándose hasta cierto punto, de ida y de vuelta en medio de los juegos y contraposiciones de cuerdas y arcos, vitales en el sonido translúcido de la canción, jugando con la intensidad y un coro en segunda línea en el último puente, apoyando a la voz de nuestro Buckley. Es ahí cuando el tiempo del que nos habla se detiene y el sonido de un “tic tac” contando el compás, va y viene,  como cuando nos dice “wait in the fire”, para luego volver a zarpar y terminar arriba en guitarras y voz. Su letra, inseparable de lo que su voz y la sonoridad transmiten, es intensa y redentora como la naturaleza de lo que se está manifestando en la vida de quien canta: “Oh my love, And the rain is falling and i relieve My time has come / It reminds me of the pain I might leave, Leave behind”.

 

LAST GOODBYE: Probablemente la más groovie del disco, un juego de slide y una línea de bajo súper marcada y pegajosa en su comienzo. Una clásica balada de medio tiempo y delicados arreglos que le dan el dramatismo de la despedida: Kiss me, please, kiss me / But kiss me out of desire, babe, and not consolation, You know, it makes me so angry ’cause I know that in time / I’ll only make you cry, this is our last goodbye”.

 

LILAC WINE: Es en este momento cuando el músico, el cantautor, nos dio una clave vital para entenderlo, y que evidentemente, una vez fallecido, con las publicaciones póstumas, quedó aún más claro. En esta lista Lilac Wine es la primera apropiación de un tema ajeno, que más adelante volveremos a encontrar. Si bien “Hallelujah” de Leonard Cohen es por antonomasia uno de los mejores covers, al menos, de los noventas, uno de los mejores covers a Cohen, y uno de los mejores covers que hizo Jeff en vida,  ya sabemos, que sólo es uno de muchos.

 

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Lilac Wine, originalmente cantada por Eartha Mae Kitt y Nina Simone, dos de las bellezas negras que Buckley adoró y tributó cuanto pudo, nos lleva a todo lo que nutre su música y que por sobre todo define su manera de cantar e interpretar: la melancolía propia del blues. Siempre desde el desgarro, la elegancia y armonía del jazz, precisamente, en este momento, donde su prodigiosa voz se pone al servicio de una pieza jazzística para cantar sobre la borrachera interminable de quien pierde a su amor:i lost myself on a cool damp night, gave myself in that misty Light / was hypnotized by a strange delight under a lilac tree”/ “i made wine from the lilac tree, put my heart in its recipe/ it makes me see what i want to see, and be what i want to be/ when i think more than i want to think, do things i never should do/ i drink much more that i ought to drink, because i brings me back you”, / “Lilac wine, is sweet and heady / like my love, lilac wine, / i feel unsteady, like my love”.  De manifiesto su fascinación por las voces femeninas y su afición al travestismo vocal, algo que pocos y talentosos cantantes masculinos pueden hacer de manera tan fluida.

 

SO REAL: Vertiginosa y confesional, Buckley parece empeñado en sacar todos los tormentos afuera. Un crudo y suelto riff en aparente calma, marca todo el tema, junto a las divagaciones que la letra describe de manera más bien críptica: “Love, let me sleep tonight on you couch, and remember the smell of the fabricof your simple city dress, oh… that was so real” / we walked around til the moon got full like a plate / the wind blew an invocation and i fell asleep at the gate”La guitarra va subiendo a medida que se intensifica la confesión, hasta explotar en una suerte de mareos sónicos. Porque lo que se presenta como íntima afirmación es el retrato de las emociones ambivalentes y el vértigo ante el más poderoso de los sentimientos que experimentamos los seres humanos: “i love you, but i’m afraid to love you, i love you, but i’m afraid to love you, i’m afraid / oh… that was so real”.

 

HALLELUJAH: En este recorrido por Grace, una segunda y profunda aproximación a lo que Jeff Buckley es como intérprete, y cómo toma lo que de cierta forma pareciera pertenecerle, porque Buckley inicia un diálogo cuando toma a Cohen, a Simone, a Piaf o a The Smiths. Si Leonard Cohen había ido lejos al tomar este mito católico sobre el Rey David como recitan sus primeras líneas “I heard there was a secret chord, That David played and it pleased the lord”para iniciar toda una metáfora sobre lo trascendental de la vida en cada una de sus expresiones más mínimas, reales y salvajes: “Baby I’ve been here before, I’ve seen this room and I’ve walked this floor / I used to live alone before I knew you / I’ve seen your flag on the marble arch / But love is not a victory march / It’s a cold and it’s a broken hallelujah”. Porque Hallelujah es metáfora, incluso ironía, cuando se está haciendo referencia en tono “sagrado” o “místico” a las enseñanzas que la vida con sus diferentes ribetes puede dejar: Well, maybe there’s a god above / But all I’ve ever learned from love / Was how to shoot somebody who outdrew you / It’s not a cry that you hear at night / It’s not somebody who’s seen the Light / It’s a cold and it’s a broken hallelujah” En clave gospel y canto religioso, como parte de esta metáfora construida por Cohen al componer la canción. Buckley toma, probablemente, como modelo la versión hecha por JOHN CALE en 1991, incluso con cierta solemnidad, y quizá, abrumado cuando nos deja escuchar ese suspiro antes de comenzar a interpretar casi a capela, sólo acompañado de la guitarra. Nuevamente su voz, el principal instrumento en todo esto, su color, su altísimo registro y su intensidad estremecen hasta los huesos.

 

 

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LOVER YOU SHOULD´ VE COME OVER: Enfrentados ya con todo lo que nos conmueve desde lo más profundo, Lover you should´ve come over” es la poesía que nace de la ausencia, el deseo y el desconsuelo. Órgano y guitarra acústica; con los clásicos códigos del folk rock, describe entre metáforas y palabras sencillas, la miseria y la procesión que dejan los amores perdidos, los amores rotos: Looking out the door I see the rain fall upon the funeral mourners / Parading in a wake of sad relations as their shoes fill up with water” / “I’m broken down and hungry for your love / With no way to feed it  / Where are you tonight? Child, you know how much I need it”. Porque en estos términos nos movemos en el universo de un compositor que está exponiendo el alma con su música, reflexiones y dudas que penan, la ambivalencia nuevamente“And maybe I’m too young, To keep good love from going wrong, But tonight you’re on my mind so (you’ll never know)” / “Too young to hold on and too old to just break free and run”. Jeff Buckley nos lleva en sus letras al sentido trágico de las cosas: So I’ll wait for you… And I’ll burn, Will I ever see your sweet return, oh, or will I ever learn”Acompañado de un sutil coro de apoyo, lleno de aires soul y gospel en los términos de Buckley“Caus It’s never over, my kingdom for a kiss upon her shoulder  /  It’s never over, all my riches for her smiles when I sleep so soft against her… / It’s never over, all my blood for the sweetness of her laughter / It’s never over, she is the tear that hangs inside my soul forever”Es este mismo sentido trágico en el que se mezclan la pérdida, el requerimiento y la espera. Aunque todo esté perdido, cantando con devoción a quien aún se ama con devoción: Sweet lover, you should´ve come over / Oh, love well I’m waiting for you / Lover, you should’ve come over… Cause it’s not too late”. 

 

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CORPUS CHRISTI CAROL: Buckley elige al enorme Benjamin Britten, pianista inglés, compositor y director de orquesta. Britten, a quien reconocemos entre los grandes nombres de la música clásica del Siglo XX, debía tener una cualidad específica que llevará a Buckley a invocarlo de esta forma, entendiendo el diálogo del músico con la interpretación vocal; palabra clave, además del oscuro sentido de la pieza escogida. Precisamente, la obra de Britten está enfocada a la música vocal y a las emociones transmitidas por los tonos y armonías de la voz. Buckley no se equivoca, y como el cantor que es, se desdobla vocal y emocionalmente para meterse en la piel de lo que está interpretando. Celestial, majestuoso, ya ni siquiera es Buckley; un espíritu ha emergido de su garganta para cantar los versos: “Lu li lu lay lu li lu lay / The falcon hath born my mate away / And on this bed there lieth a Knight / His wound is bleeding day and night / By his bedside kneeleth a maid / And she weepeth both night and day”.

 

 

ETERNAL LIFE:  Quizá, sin saberlo nuestro hombre escribe su propio epílogo: “Eternal Life is now on my trail, Got my red glitter coffin, man, just need one last nail, While all these ugly gentlemen play out their foolish games. There’s a flaming red horizon that screams our names”El decibel es alto y la rabia marca la pulsión; quemando puentes, Buckley se alinea con el sentido maldito del rock n roll.

DREAM BROTHER: El adn de ésta última dice entre otras cosas: Led Zeppelin. Cadenciosa, exótica y lisérgica; su sonido parece alimentado por los grandes momentos del Physical Graffiti. Tenemos claro que Jeff Buckley aprendió muchísimo de Zeppelin, desde el travestismo vocal que Plant ya practicaba en los sesenta y en la relectura del blues en la voz y la guitarra. Dream brother oscura y misteriosa: “That dark angel he is shuffling in, Watching over them, with his black feather wings unfurled”/ Dream Brother with your tears, scattered round the World”Se hacen presentes los demonios del abandono de su padre Tim Buckley: “Don’t be like the one who made me so old, Don’t be like the one, who left behind his name, ‘Cause they’re waiting for you like I waited for mine….And nobody ever came”.

Un cantautor, por ese entonces, en pleno ascenso, encaminado a ser el favorito de la industria, encaminado, quizás, a ser estrujado por ella, ya alabado por pares y predecesores, y cuya abrupta muerte deja todas esas interrogantes de siempre ¿qué hubiese pasado si estuviera vivo?  ¿ su música sería tan valorada si él aún estuviera grabando discos? ¿Qué música estaría haciendo hoy?. ¿Y si hubiese hecho otro disco tanto o más bello que Grace, quién sabe? Resulta inevitable pensar que, probablemente con vida, su obra y su impronta hubieran caminado menos estelares como un buen secreto a voces, respetado, citado pero sin ese exceso de «gloria» que la muerte, muchas veces entrega. Quizá, la muerte lo embellece todo.